La Voz Judía


La Voz Judía
Luces vs. Ficciones
Por Rabino Daniel Oppenheimer

La curiosidad - cada vez más exacerbada - por “saber” lo que sucede en la vida de terceros.
Más allá de la obvia falta de discreción, se perdió totalmente el respeto por la intimidad de la vida ajena. Y cuanto más se siente insatisfecho con la vida de uno mismo, más se fomenta el interés por la privacidad del otro.
Todos los años, cuando llega Janucá, nos disponemos a celebrar el conocido triunfo de los macabeos contra las legendarias y enormemente superiores tropas griegas.

Si se tratara de un triunfo bélico - como ha habido muchos en la historia - estas batallas no tendrían significado espiritual alguno, y los Sabios no hubiesen instituido una festividad de ocho días incluso con lectura de la Torá, Halel (himno de los salmos) y el obligatorio encendido de luminarias en nuestros hogares con numerosas leyes y detalles de cómo se debe realizar en cuanto al sitio exacto, el horario, etc.

Cuando los Sabios establecieron Janucá, se debió al significado especial que tuvieron estas batallas, y por lo que representó el enfrentamiento ideológico entre los griegos de antaño y la transmisión de enseñanzas que los judíos encarnaban - y siguen personificando hasta el día de hoy.

La cultura y “civilización” griega no era simplemente politeísta - forma adversa total a nuestra fe monoteísta.
Por un lado, los griegos desarrollaron el conocimiento de la filosofía y de las artes a niveles desconocidos por el mundo pagano hasta entonces. Por otro, propagaron esmeradamente una serie de creencias basadas en el mundo epicúreo al que no estaban dispuestos a renunciar, aun si intelectualmente progresaban hacia horizontes cada vez más elevados.

Si bien no es este el espacio para explayarnos, los griegos tenían incontables leyendas y tragedias de personajes mitológicos que a veces se llamaban “dioses”, en otras “humanos” y en ocasiones, seres que mezclaban figuras de animales o peces con partes o cabeza humana.
Las historias que tejían respecto a estos héroes y figuras, giraban alrededor de los deseos y ambiciones que caracterizan a los seres humanos - y que son muy difíciles de dominar - y aun menos - superar.

Puesto que - dado su análisis filosófico - no desconocían que los humanos poseemos una conciencia moral, vivían con una contradicción interna ineludible: ¿serían consecuentes y llevarían su razonamiento hasta sus derivaciones lógicas, intentando prevalecer sobre sus instintos, para alcanzar y realizar aquella potencial ética… - o encontrarían algún método sofisticado para convalidar su modo de vida, que no requería un verdadero esfuerzo espiritual?

Los judíos no tenemos duda alguna sobre el rumbo que debemos tomar frente a esta pregunta crítica. Entendemos que el mero hecho de vivir, constituye una lucha moral que debemos librar todos los días de nuestra vida, con mucha energía, perseverancia, estudio y clarividencia.

Los griegos, por su lado, optaron por la otra alternativa.
Dieron “rienda suelta” a su fantasía. Generaron cuantiosas historias y dramas acerca de sus dioses - los que ficticiamente habitaban el Olimpo, les rendían culto, y, por sobre todas las cosas, los tenían como modelos de toda conducta que no estaban dispuestos a corregir.
Si sus dioses podían agredirse, torturar, enamorarse perdidamente, raptar, violar, ser infieles y castigar cruelmente… ¡¿por qué no lo habrían de hacer ellos mismos?!
En resumen: la mitología que habían creado, autorizaba y legalizaba toda clase de comportamiento, y anulaba los escrúpulos que circunscriben a todo ser pensante y honrado dentro de un marco ético.

Los más de 170 años de cultura griega que llevaban los gentiles que habitaron junto a los judíos en Eretz Israel desde el momento en que Alejandro Magno conquistó el Medio Oriente, lograron un desgaste en la decencia de una parte de la población judía, que paulatinamente se plegó a las costumbres en boga de la época, y que contradecían abiertamente la castidad que exige la Torá de nosotros. A pesar de ser judíos, los “mitiavnim” (judíos que priorizaban la cultura helenista por sobre la propia), se sumaron a los rangos del ejército griego invasor para luchar en contra de sus propios hermanos judíos - y en contra de su propio acervo cultural e histórico.
La batalla se libraba con arcos, flechas y espadas, pero en juego estaban los principios más elementales que fundamentan el modo judío de proceder, basado en la Torá
.

Transcurrieron muchos años desde entonces.
Los templos y las estatuas de Atenas son una reliquia histórica que se aprovecha solo para atraer el turismo.
Cuando uno observa aquellas mudas imágenes de piedra, recuerda cómo se ha derrumbado el imperio de la hipocresía y el contrasentido intelectual.
La propia decadencia de una sociedad que no quería dominar sus instintos, llevó a la implosión que produjo el ocaso griego. Ya son solo parte de la historia de una humanidad que vuelve a tropezarse una y otra vez con los mismos obstáculos en los que ya ha caído tantas veces.

Sin embargo, lo que no ha desaparecido, es la teoría que sustentó el disfraz de la fábula griega.
El fingimiento de sus melodramas, sigue hoy aun más fortalecido que entonces. Asimismo, no menos que en aquella época, cuenta con el aval de una sociedad que goza de los espectáculos y una generalizada deferencia como si se tratara de una actividad importante y productiva.

Con más tiempo para desperdiciar - dados los adelantos tecnológicos del presente - la burguesía contemporánea se deleita participando - día a día - de los espectáculos virtuales que se transmiten por cientos de medios para ocupar el tiempo y dinero disponible de las personas.
Los “dioses” y “diosas” modernos son gratificados con un sueldo atractivo, con fama, y premiados con menciones anuales para los más exitosos entre ellos.

Los escenarios de vida insípidos que montan, y las situaciones irreales en las que actúan, representan también el delirio inverosímil de vidas que no se someten a consideraciones meritorias.
Obviamente su vida personal, familiar y conyugal, casi sin excepción, suele ser tan frágil e inconsistente, como los personajes corruptos e inmorales a quienes representan en sus actuaciones teatrales televisivas y cinematográficas.

No es fácil para el ciudadano común, aun cuando viva una vida con principios morales sólidamente fundamentados, hacer caso omiso a la admiración y adhesión que recogen las famosas “estrellas” del momento.

Al vivir situaciones que implican presiones de todo tipo, recelos y ansiedades que lo acompañan por doquier, el hombre moderno no vacila en escaparse de su realidad por cuanta salida se le presente potable.

Hay quienes tratan de abandonar su (aparentemente) dura realidad, mediante la ingestión de estupefacientes y el alcohol, para luego volver a su contexto anterior sin haber logrado convivir con él ni - por supuesto - a solucionar las dificultades.
Otros se transportan mentalmente por algunas horas al mundo de la quimera, ilusionando momentos de vida imaginarios e inexistentes, e identificándose con las situaciones que actúan los protagonistas de la pantalla o el escenario, para luego volver a una vida en la que sufren más tiempo del que sienten satisfacción.

Y si bien hay una cierta conciencia en el público respecto a que los medios químicos - como la droga - son muy riesgosos y destructivos, no hay tal miramiento ni reserva sobre el desgaste moral que sufre la gente - niños y grandes - al recibir tantas horas de horror, violencia, y peor: las escenas de gratificación corporal y emocional instantáneas que no ayudan a construir personas responsables y comprometidas - sino lo contrario - afianza la falta de escrúpulos en las relaciones humanas y - también - refuerza el descontento personal de los espectadores con su propia vida, que comparan implícitamente con la “felicidad” momentánea que ostentan sus “ídolos” actores en acción.

¿Qué otra fuerza apoya ese interés por la mitología moderna?
La curiosidad - cada vez más exacerbada - por “saber” lo que sucede en la vida de terceros.
Más allá de la obvia falta de discreción, se perdió totalmente el respeto por la intimidad de la vida ajena. Y cuanto más se siente insatisfecho con la vida de uno mismo, más se fomenta el interés por la privacidad del otro.

Hay un proceso continuo en el que vivimos los integrantes de la sociedad moderna: a medida que cierta actitud se torna pública, cada vez más - por la propia reiteración de la misma - pasa a denominarse “normal”, o sea: aceptable. Aun si poco tiempo atrás uno hubiera jurado que se trataba de un proceder totalmente inadmisible, el sello de la “normalidad” le otorga una supuesta legitimidad. De ahí, a copiar aquella misma actitud popularizada, ya constituye un muy pequeño paso.

¿Cuál es el próximo paso en esta estampida virtual?
Obvio: ser uno mismo el protagonista de la pantalla.
Si se observa de cerca, se encontrará que muchos de los intercambios y modos de discutir de las personas, reproducen el carácter que han asimilado de tantas horas de mirar programas televisivos. La vida y los diálogos, en lugar de ser objetivos, privados y mesurados, toman un tono de voz excedido, posiciones radicales y un semblante generalizado de intriga, manejo y controversia. Aun en el plano cotidiano domestico o laboral, se confunden la diferencia entre lo real y lo virtual. Nos convertimos en actores constantes, viviendo crónicamente sobre un supuesto escenario.

Es más:
Con distintas propuestas, se ha convertido habitual el hecho de promocionarse en los medios buscando votos y reconocimiento entre el público (generalmente desconocido y circunstancial), llevando la falta de escrúpulo respecto a la intimidad ajena al propio cuarto de uno.
Puesto que en la mentalidad moderna, uno solo existe en la medida que goce de la aprobación y el aplauso de las masas, se tornó en una compulsión inagotable el estar “presentes” (“subirse”) y expuestos ante todos en búsqueda de aquella ovación que se reserva para los más famosos.
A esa altura no importa que el aplauso provenga de terceros despersonificados y mediocres. El “rating” esclaviza a todo aquel que se somete a su régimen dictatorial.

¿Sabemos medir las consecuencias de este mandato? ¿somos realistas sobre cómo el afán por alcanzar y mantener la fama y notoriedad termina agotando a las personas, pues solo lleva el ego a niveles que avivan e impulsan el auto-engaño - y en último lugar - la terrible y deprimente decepción de no poder sostener las ilusiones y falsas expectativas?
Algunos hasta creen que si la propia vida no amerita ser el argumento de una novela, no ha llegado a merecer vivirse.

Los Sabios (Pirkei Avot 4:21) han sido muy rotundos y enfáticos al respecto: “La envidia, los concupiscencia y la vanidad - arrebatan al hombre de este mundo”.

Efectivamente, las secuelas de esta vida superficial y trivial, están a la vista. Crecientemente, el intento de educación doméstica de los hijos se torna cada vez en un infierno, mientras que el costo en términos de Shalom Bait (paz conyugal) se vuelve más y más oneroso.

Entonces, aboquémonos un poquito simplemente a comparar: cuando llega Janucá y encendemos las luces de la Menorá para celebrar en familia el milagro de la Salvación Di-vina, lo celebramos precisamente en el marco de la intimidad familiar, acercándonos a la ventana en un horario en el que el exterior se ve envuelve en la penumbra de la noche.
La luz de la Neshamá (alma) echa su luminosidad auténtica y clara sobre las sombras de la figuración y el oscurantismo mitológico.

Al igual que la batalla armada de los macabeos, libramos una contienda interna para dominar los instintos y tendencias humanas, a fin de encauzarlos al Servicio del Creador. Los Baalei Musar nos advirtieron acerca del peligro de la apariencia, el Koaj haDimaión.

En tanto estamos cercanos al estudio de la Torá, se vislumbra nítidamente la diferencia entre lo real y su imitación.
Todo aquello creado por D”s es sagrado en su dimensión prístina y natural, incluso cada detalle del cuerpo humano. Solamente se enturbia cuando permitimos que la vida se eclipse con la sombra de la ficción helenista.

Pero, finalmente - y quiera D”s muy pronto - caerán los muros aparentemente sólidos de la oscuridad, y volveremos a encender la Menorá pura con aceite también puro - en el Bet haMikdash.

 

La Tribuna Judía 58

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