La Voz Judía


La Voz Judía
La casa esta en orden
Por Rabino Daniel Oppenheimer

Diálogo de sordos
“Es que yo le hablo, pero él no me escucha” - dice ella.
“Es que ella ni me deja hablar. Solamente está interesada en tener la razón” - dice él.
Estoy seguro que estas frases, y otras tantas parecidas le deben ser más que conocidas.
¿Por qué es tan así?
Dialogar es una de las disciplinas más complejas a las que está habilitado el ser humano - pero en la que debe invertir mucha dedicación para aprender a aprovecharla al máximo. Y es imperioso que lo haga, pues tal como lo expresaron los Sabios: “la vida y la muerte están en manos de la lengua”, o sea, que el obsequio Di-vino de poder manifestarnos verbalmente es igualmente un arma de doble filo.
Una de las grandes paradojas de nuestra época es que - por un lado - se suele auto-denominar “la era de las comunicaciones” (por los adelantos que marcaron la rapidez en poder estar en contacto con personas que están incluso en el otro lado del planeta o en el espacio), y - sin embargo - las personas conviven sin poder comunicarse.
La nómina de los porqués de la falta de diálogo, es larga. La realidad es que si los adultos no enseñamos a dialogar, los niños no lo van a aprender.
Y, también en el matrimonio, esta limitación es una de las causas que inciden en las mayores frustraciones, y se debe ser doblemente cauto al momento de abrir la boca. ¿Por qué?
Puesto que la mayoría de los vínculos comienzan con suposiciones “de máxima” (sin dejar lugar a dudas de que pueden desarrollarse menos que de modo perfecto, o que se requiera un esfuerzo de ambas partes para hacerlos funcionar), cualquier disyunción - por más pequeña que fuere - se siente como un quebranto. Asimismo - si hay malos entendidos, se suma la sensación de haberse equivocado en el elección de la pareja, o peor - haber sido engañado.
Dado que hay ciertos términos que s ), cualquier disyunción - por más pequeña que fuere - se siente como un quebranto. Asimismo - si hay malos entendidos, se suma la sensación de haberse equivocado en el elección de la pareja, o peor - haber sido engañado.
Dado que hay ciertos términos que se suelen confundir, es menester aclarar: no todo “hablar” es igual a “decir”, tal como no todo “decir” equivale a estar predispuesto a “dialogar”.
Tal como ya lo hicimos notar, la comunicación verbal es esencial para la convivencia armónica. Aquí trataremos de llamar la atención sobre ciertos aspectos críticos que hacen a aquel buen trato. Entendamos, sin embargo, que dado que intentaremos discutir temas técnicos, estos no podrán estar divorciados ni podrán reemplazar lo que son las Midot (cualidades humanas) que hacen a un buen vínculo. El buen diálogo solamente va a realzar y mejorar lo que ya existe. Jamás lo podrá sustituir.
Por lo tanto, antes de seguir adelante con este tema, debo aclarar que tanto las sugerencias que puedan surgir de la lectura de este escrito, como cualquier otro análogo, deben ser aplicadas en el medio y momento adecuados. Es muy fácil sacar palabras o ideas del contexto. Dado que es imposible escribir los miles de detalles que existen en el historial personal de cada persona, y aun menos en la relación de cada pareja, ni tampoco se pueden describir de modo exhaustivo en papel los gestos faciales que hace la persona al decir cierta frase, ni tampoco la modulación del tono de voz en que se dicen, debemos comprender la limitación que tienen estos intentos en guiar a los esposos en pos de ponerlos en práctica.
1. En primer lugar, para sentarse a hablar es menester que el cónyuge esté prestando atención: Si es menester hablar acerca de algún tema importante, es necesario poder dedicarle toda la atención, estar con ánimo de tratar el tema y no distraerse. No hablar espontáneamente sobre temas delicados. Uno está preparado, pero el otro, no. Si el cónyuge cree que no es el momento, se le puede preguntar en qué ocasión prefiere tratar el tema. Convenir entonces un momento idóneo para los dos Si uno de ellos siente que las experiencias previas se hicieron extensas y agobiantes, y por eso el cónyuge elude sentarse a hablar, se puede estipular un tiempo limitado (que se deberá respetar) para que sea más fácil para ambos.
2. Es menester comenzar con comentarios positivos (sinceros, y no como medios de manejo). La gente estar mejor predispuesta cuando sabe que no se convierte en blanco de todos los fastidios e irritaciones del otro. También es imperioso terminar la conversación en términos amistosos y optimistas.
3. Esto significa también que en el transcurso de la conversación, no se debe pretender poner a la pareja a la defensiva (“con lo que le dije, lo/la maté”), no se le debe arrinconar dando la impresión que solo uno tiene toda la razón, ni tirar los temas acusándolo y echando en cara las situaciones. Una discusión conyugal no es un juicio en la corte (p.ej. “te estuve esperando desde las 10:41 hasta las 11:03…”). Si la conversación deriva en una discusión de los detalles, se pierde la razón principal por la que se está hablando. Anteriormente, ya mencionamos que de parte del interlocutor es totalmente distinto cuando se expresan los malestares que se pueden llegar a sentir en términos de lo que uno siente, más que en términos de lo que uno recrimina que el otro hace mal.
Si el tono en que se manifiesta cierto sentimiento es el correcto, entonces la posibilidad de que el otro/la otra pueda preguntar implica que realmente entendió qué es lo que queremos de él/ella.
4. Nuestros períodos de atención suelen ser bastante cortos. Asimismo, la cantidad de problemas que podemos resolver en cierta circunstancia, son limitados. Hay que hablar de un tema, o a lo sumo dos, en una conversación.
La impresión que se recibe cuando “se tiran” muchos temas a la mesa, es que “todo está mal”, lo cual paraliza cualquier intento serio de resolución (“¿para qué intentar solucionar las cosas, si igual son tantas que no se llegará jamás a remediarlas?).
Las prédicas y los sermones suelen no ser muy exitosos. Es muy posible que cuando se hable de un tema que uno estuvo reprimido de tratar durante mucho tiempo (ensayando mentalmente el momento del encuentro), se intente impresionar con largas alocuciones, que se cree van a convencer al otro (que posiblemente lo/la tomen de sorpresa). Hay que hablar lo justo. Los espacios de los silencios entre frases deben ser los justos para reflexionar, y no para crear tensión, ni tampoco para castigar o hacer doler al cónyuge - cosa que está prohibida.
5. La claridad de las ideas que se presentan, es un factor crítico: muchas veces la gente siente la certeza que los demás (incluidos están los cónyuges) perciben las cosas igual que uno y ven como superfluo el hecho de explicar cosas que “todos” saben o entienden. Suele suceder que la gente mentalmente “pone a prueba” a su cónyuge (p.ej. “si realmente me quisiera, entonces…” o “él/ella debiera entender solo/a qué es lo que necesito, no hace falta que yo se lo diga”)
6. Es menester hablar por si mismo - y no por el otro (p.ej. “yo ya sé lo que me vas a contestar…”). Si el interlocutor siente que ya se habló por él/ella, va a tener que defenderse justificándose (“¿vos, acaso, no hacés lo mismo?”), o posiblemente retruque del mismo modo y la conversación terminará en una serie de “supuestos” de lo que cada uno cree del otro, en lugar de que cada uno exprese lo que realmente siente.
7. No hacer escenas artificiales. Nuestra generación consumió y absorbe - más que cualquier generación previa - horas y horas de novelas, de ficción y de melodramas falsos. Mucha gente aprendió a copiar estos actos en su vida cotidiana haciendo un teatro de su propia vida. No insinuar cosas que no son reales, pues se pueden convertir en una profecía auto-cumplida (p.ej. “si no te gusta como soy, andá al Rav o al abogado..., ¡para qué te casaste conmigo en primer lugar!”),
8. Esto implica también que no se debe exagerar. La conversación conyugal no es un comercio en donde se plantea una posición desmedida de apertura para llegar a un punto intermedio al final. El exceso en la presentación de un problema, es la mejor justificación para que el cónyuge niegue todo.
Siempre es importante utilizar un tono conciliador y tratar de salir al encuentro de la posición del otro.
9. Muchos “diálogos” suelen contener elementos destructivos que terminan por lograr el efecto opuesto al realmente deseado por parte de los cónyuges. Se debe recordar que la prohibición bíblica de herir con palabras (Ona’at Devarim) no se suspende en relación a la pareja:
a. Se debe evitar acotaciones sarcásticas: (p.ej.“claro, claro...”).
b. No se debe elevar la voz o amedrentar.
c. No se debe amenazar.
d. No se debe poner intencionalmente “el dedo en la llaga” (todos saben lo que le molesta al otro)
e. No se debe presionar
.10. Si hay que pedir perdón, hacerlo con altura, y no con soberbia. Pedir disculpas por un error, renueva la relación y crea confianza. Por lo tanto, si se quiere ser sincero, jamás se debe decir: “¡Perdoname, pero...!”
11. Por último: no olvidemos que se puede disentir con altura y que jamás uno solo gana en una discusión. O se benefician ambos - o ninguno.
Frecuentemente se escucha hablar de violencia doméstica, haciendo alusión - generalmente - a enfrentamientos físicos. Sepamos - sin embargo - que estos choques casi siempre estuvieron precedidos por situaciones que se podían haber resuelto con un buen diálogo. ¡Qué importante cuidar lo que se dice!
No olvidemos las sabias palabras de Rabi Iosi en el Talmud (Shabbat 118:): “Jamás dije algo de lo cual me tuve que arrepentir más tarde”.
La nobleza del ser humano radica en su poder de habla. Depende de nosotros utilizarlo cuándo y cómo corresponde.

 

La tribuna Judía 34

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