La Voz Judía


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¡“Sálvenme de mi esposo árabe”!


A diferencia de la mayoría de las mujeres judías que se mezclaron con hombres árabes en Israel, Galit no estuvo motivada por una necesidad de escape emocional o por penurias económicas en su hogar. Ella se basó en una “ideología”.

Luego de asistir a clases dadas por un poco conocido grupo islámico en la ciudad donde vivía, Ashkelon, ella anunció que había decidido convertirse. Los comentarios de sus padres respecto a que estaba cometiendo un terrible error, cayeron en saco roto.

Hasta que un día, el invierno pasado, ella desapareció por completo. Esa mañana se dirigió al Hospital Barzilai de Ashkelon, donde era voluntaria, pero no volvió a su casa. A altas horas de la noche, sus angustiados padres recibieron una llamada de su hija anunciándoles que se había casado con un árabe de la aldea de beduinos Rahat, y que no retornaría a su casa.

Luego de siete meses de tratar en vano de volver a contactarse con su hija, la madre de Galit logró hacer una llamada telefónica a su casa. Atendió el marido de su hija y accedió a encontrarse con ella a la condición de que nadie más estuviera presente en esa cita. La madre esperó en el lugar acordado, pero el marido nunca apareció. A esa altura ella ya estaba completamente alterada.

Cuando volvió a su casa encontró un mensaje para ella en el contestador telefónico con un breve y desesperado pedido: “Madre, llámame urgentemente”. Era la voz de Galit susurrando en la línea. “Tienes que salvarme”.

El llamado confirmó los peores temores de la madre, quien inmediatamente se contactó con la organización Yad LeAjim, que se especializa en ese tipo de rescates. Allí recibió instrucciones de ponerse en contacto con su hija y conseguir la mayor cantidad de detalles posible respecto a su ubicación y a los horarios en que su esposo salía de casa.

“En un momento logramos arreglar una llamada colectiva entre nosotros, la madre y la hija”, relata una de los funcionarios de Yad LeAjim. “Comprendimos que no había tiempo que perder y le pedimos a Galit que encuentre la manera de salir de la casa por unos minutos. También le pedimos que se ponga guantes blancos para poder identificarla dentro de su vestimenta negra y larga y el velo que usan las mujeres árabes”.

Las condiciones para el rescate –que normalmente está precedido por muchas horas de planificación- estaban lejos de ser las ideales. Yad LeAjim carecía de la información más elemental sobre su paradero en la aldea. “Todo lo que Galit nos había podido contar fue que ella estaba en la vereda de enfrente de una casa con ventanas rotas y una caballeriza. Ella había vivido allí siete meses y era todo lo que sabía de su entorno”.

Durante los preparativos, Galit había sumergido algunas ropas en agua y les dijo a los parientes de su esposo que necesitaba salir para colgarlas fuera. Ella llevó consigo su teléfono celular, su documento de identidad y los guantes blancos.

Sin una información clara sobre su paradero, el equipo de Yad LeAjim no podía siquiera estar seguro de poder localizarla ese día. Pero entonces los ruegos de Galit fueron escuchados. “Ella vio el coche de rescate y comenzó a agitar con fuerza sus manos”, cuenta la madre, quien fue en el auto para ayudar a tranquilizar a su hija. “Uno de los operadores deYad LeAjim la identificó y gritó emocionado ‘¡allí está! ¡allí está!’.

“Mi hija estalló en lágrimas tan pronto como entró al auto, lo cual nos demoró para salir de la aldea. Sólo cuando llegamos a Ashkelon nos detuvimos para dejarla cambiar de ropa”.

En pocas horas, madre e hija estaban en la estación local de policía, acompañadas por oficiales de Yad LeAjim y una asistente social, a fin de hacer una denuncia contra de su marido y ayudarla a tener cierta protección legal. Desde allí, Galit fue llevada a una casa “segura” por los administradores de Yad LeAjim, quienes se quedaron con ella para ofrecerle ayuda.

Pero aún quedaban muchos obstáculos por superar –el mayor de ellos, convencer al padre de Galit de aceptarla de nuevo en la familia. “Al principio no quería saber nada de ello”, dice Rabi Nisim Kalfon, ex vicealcalde de Ashkelon. “Yad LeAjim vino a verme a mi y a Rabi Gad Feinish, el rabino del barrio, como gente del lugar que conoce a la familia, y gracias a D”s, logramos convencerlo de recibir de nuevo a su hija”.

Ese Viernes por la noche, Galit encendió velas de Shabat por primera vez. Actualmente, ella es miembro del seminario de mujeres, y decidió llevar una vida de Torá y mitzvot. A su vez, la experiencia vivida hizo que su madre ingresara como voluntaria en Yad LeAjim para ayudar a otras madres en la misma situación. La Municipalidad de Ashkelon, reconociendo la importancia del problema, ofreció un espacio para que Yad LeAjim instale una oficina para ayudar a las chicas del sur del país que se han mezclado con árabes.

“La incomprensible facilidad con la que chicas judías son cautivadas por hombres árabes debe hacer salir de su apatía al público en general”, explica Hagaon Harav Shalom Dov Lipschitz, fundador y presidente de Yad LeAjim. “Hay un terrible fenómeno que recién empieza a desarrollarse. Nosotros no podemos permanecer inmóviles.”

 

La Voz Judía nro. 431

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