La Voz Judía


La Voz Judía
El Espejo
Por Rabino Daniel Oppenheimer

La vida en sociedades extrañas nos ha conducido a adoptar muchas de sus costumbres y actitudes, que en la mayoría de los casos nos perjudicaron, por ser contrarias a la Torá.

Mientras vivíamos puertas adentro de los ghettos de la Edad Media y Moderna, nuestros abuelos sufrían toda clase de padecimientos inherentes a una vida prácticamente ahogada, más la dificultad de contraer matrimonio (pues por ley no se permitía el establecimiento de una nueva familia en el ghetto a menos que se evacuara el sitio por otra familia a raíz de un fallecimiento o una mudanza!!!). Esto atentaba contra el crecimiento natural y vegetativo, pero ellos pudieron superar estas adversidades, apegándose a la Torá.

Aun dentro de la dificultad de esa clase de vida, había un punto a favor: los judíos estaban protegidos de contemplar y participar de todas las desvergüenzas que se vivían afuera del ghetto.

Al salir del ghetto, la primera consecuencia visible fue la asimilación a los defectos ajenos a nuestra sociedad judía.

El término “asimilación” suele ser utilizado en muchos contextos, pero en materia judaica significa el hecho de copiar y adoptar conductas ajenas y formas de interactuar foráneas, incorporándolas a nuestro régimen de proceder y vivir.

Esto se presenta en muchas áreas de la vida, tales como el modo de dispensar el dinero, la vida familiar, la superficialidad del lenguaje, el estilo de la vestimenta, y tantas cosas más de cotidianeidad casi imperceptible, pero permanente.

Uno de los aspectos de la vida nacional, de los que es difícil quedar ajeno, y aunque no se tuviera la voluntad de involucrarse mentalmente, es la política. Desafortunadamente, y quizás por una tradición de haber sido perseguidos en los países de otros continentes en los que han habitado nuestros ancestros, no dejamos de estar pendientes y enterarnos de lo que sucede en la vida institucional del país. Aun más - y en particular - en países en los que es obligatorio para todos los ciudadanos sufragar, cada tantos años vuelve la pregunta: “¿a quién hay que votar?”, “¿este candidato es bueno - o malo - para los judíos?”.

Y más allá de esta pregunta clásicamente judía, las decepciones pasadas por promesas incumplidas, habitualmente colocan a toda la sociedad hebrea en una situación de escepticismo hacia de todos los candidatos.
En el cuarto oscuro, algunos votan por aquel que creen que le dará más beneficios, y otros - quizás la mayoría - lo hacen por el que creen “menos malo” (lamentablemente esa es la disyuntiva).

Las campañas electorales se caracterizan por la tendencia a cultivar la imagen de los candidatos, más que por ideas o proyectos sustanciados y sustentados. Los slogans que difunden cada uno de los partidos, son frases vacías que no dicen nada específico ni comprometen a los postulantes. Las imágenes callejeras de los rostros de los aspirantes, suelen parecer con unos cuantos años menos que los que tienen en realidad (quizás se supone que siendo o pareciendo más joven, se es menos corrupto - aún, y se tiene menos experiencia - de la buena… y de la mala).

Las reuniones multitudinarias, solo se llevan a cabo para impresionar a los votantes, y la demagogia de los candidatos se manifiesta por los discursos enfervorizados en los que gritan mucho - pero no enuncian proyectos concretos. En un cuadro típico, aquel que está perdiendo - según las encuestas - intentará que se realicen debates públicos en búsqueda de algunos puntos a su favor, mientras que el que gana intentará eludir tal contienda que podría arriesgar su diferencia.

Así como en tantas otras áreas de la vida, aquel que vence en las elecciones se presume “mejor” o “con más razón” que su contrincante, y la soberbia del triunfalismo, suele “subírsele a la cabeza” en una actitud típicamente triunfalista. Quien pierde la elección, tradicionalmente debe “conceder” su derrota, que - también típicamente - solía negar apenas unas horas antes. En otros clásicos escenarios habrán acusaciones de fraude.
La historia no queda allí: apenas termina una campaña presidencial, ya se escucha sobre cómo queda posicionado cada uno de los candidatos para una próxima elección, aunque demore varios años en realizarse.

En los años que siguen, nuevamente se intenta desacreditar al opositor: toda situación - aunque fuera una catástrofe natural que no tuviera relación con la gestión - que tome notoriedad en la opinión pública, se convierte en marco para que quien tenga aspiraciones de llegar al poder hable - o calle, apoye - o critique, según - obviamente - le convenga para optimizar sus posibilidades de éxito en una futura campaña. Se atribuyen culpas auténticas o inexactas - siempre de manera elegante y disimulada - que pongan una luz negativa al contendiente.

¿Un tablero de ajedrez donde se mueven las fichas según estrategias determinadas - sin perder de vista lo que hace el otro?
Así es.

La ceguera que va cayendo sobre los protagonistas políticos, los termina por envolver totalmente. Aun los ciudadanos de un mismo país, si pertenecen a la oposición - pueden alegrarse con el deterioro de la propia economía, si eso justificará - a al larga - un mejor protagonismo para ellos. Los que debieran ser “aliados” - los compatriotas - se convierten en la mente del político en los peores rivales, y en lugar de verlos como conciudadanos que luchan por fines comunes a todos, en su mente competitiva solo se ven como estorbos indeseados que le impiden ejercer el poder y el control total que aspira.
Varios de los emperadores romanos asesinaron a sus propios familiares, a quienes sospechaban como eventuales adversarios, al llegar al control del imperio…

Quizás hoy ya no se suele actuar de modo tan sangriento como el de los romanos - posiblemente por temor a la ley, o porque queda feo y no suma votos - pero esto no quita que todo candidato y sus secuaces estén alertas a cualquier error de un adversario para darle publicidad, magnificarlo fuera de contexto, y “asesinarlo” moralmente y en su imagen pública…

Efectivamente, en la democracia, y desde un sentido ético, la política debiera ser vista como una disposición a obrar en una sociedad utilizando el poder público organizado para lograr objetivos provechosos para todo el grupo, pero lamentablemente esto suele quedar en la teoría. En la práctica se ha tornado en la lucha o combate de individuos y grupos (el juego o dialéctica amigo-enemigo) en relación a un conflicto de intereses, para conquistar el poder que los vencedores usarán en su provecho.

Todo lo aquí expuesto no es nuevo. Aun peor: nos hemos acostumbrado tanto a este proceder, que ni nos impacta como algo indecente, obsceno o grosero. Es más nos extrañaría dudaría enormemente si no fuera así…

¿Qué dice la Torá a todo esto?
Claramente no lo acepta.
Más allá de la cuestión democrática de cómo se eligen las autoridades, nuestro pueblo siempre necesitó y necesitará de dirigentes. Muchas personas eluden la responsabilidad de ejercer el liderazgo de la comunidad, aun cuando poseen las cualidades para hacerlo. Los pretextos que esgrimen no siempre son convincentes. Por otro lado, están aquellos que afirmativamente toman sobre sí el cargo. Acerca de ellos, el Pirkei Avot (2:2) advierte a “los que se esmeran por la comunidad, que lo hagan con intenciones puras”.

“Intenciones puras”, en este caso son aquellas voluntades que denotan solamente el bien común de toda la comunidad, considerando las condiciones del primero hasta el último, evitando interponer deseos personales, familiares, amiguismos, y toda actitud que anule, menosprecie o desconozca las necesidades y las opiniones de los demás.

Obviamente, estamos tratando de una tarea difícil, y muchas veces no reconocida. Son pocos los que se preocupan por la comunidad y reciben agradecimiento. Suele ocurrir justo lo opuesto… y las críticas del público se basan - habitualmente - en el desconocimiento cabal de los problemas, o en juicios mezquinos y sectoriales.

Aquello que nos acostumbramos a admitir como “aceptable” cuando se trata de política fuera de la comunidad, deja de serlo cuando de Torá se trata.
En ella, no hay espacio para promesas que no se cumplen, humillaciones para quien disiente, pesquisa de deslices ajenos, imposición forzada o aun simulada de la voluntad de uno por sobre la del otro, perpetuarse en el poder, sacar “tajadas” por la tarea, etc.

“No seas juez único… y no digas: Uds. debéis aceptar mi opinión, pues ellos están autorizados, y no tú” (Pirkei Avot 4:10).

La política deshonesta, parcial o interesada, en términos de la Torá tiene un solo nombre: “Sin’at Jinam” (odio injustificado), que es aquello que produjo el exilio en el que nos encontramos, y que - desafortunadamente - no hemos aún sabido superar.

En Polonia y Lituania de la 2ª pre-guerra, países donde vivían muchos judíos, habían partidos políticos de judíos de alcance nacional - entre ellos representados en el senado nacional por Rabanim de reconocida trayectoria. Al crearse el Estado de Israel, se volvió a presentar la misma modalidad. También en aquel ámbito se dividió la población del país en distintos intereses, y - entre ellos - los partidos que representaban a los judíos practicantes en sus diferentes matices. La bandera de los partidos religiosos siempre señaló como ítems importantes en su agenda, la defensa de los principios básicos de la Torá, para que se cumplan oficialmente en un país poblado por una mayoría laica, como así también la protección de quienes observan la Torá ante las leyes que dificultarían su cumplimiento.

Sin embargo, cuando la agenda se amplió - justificadamente, se supone - para defender los intereses económicos de la población religiosa y sus numerosas instituciones de bien público, o sea que la lucha pasó a ser también para llevarse una “parte de la torta” al momento de repartirse, algo que no sería mal visto si se tratara de sectores ajenos a la Torá, la sensación de la cosa cambió.

De repente, los sectores observantes pasaron a constituirse en “uno más” dentro de un mundo de pulseadas, intereses creados y pugnas por el poder en sus distintas expresiones: coaliciones, alianzas por conveniencia, votos de desconfianza, canje de votos en el parlamento, etc.

Quizás uno entienda que estas son “las reglas del juego”. El precio que se paga, sin embargo, es alto. Se pierde tanto en términos de la dignidad, que debiera percibirse por parte de terceros en el hecho de ser creyente y fiel a lo más sagrado que existe, como así también en la pérdida de auto-percepción de la convicción de que uno no es “uno más” que compite por los votos que entran en la urna.

Cuando los judíos practicantes copiamos las formas de proceder de otras naciones, y en particular cuando “creemos” en la política invirtiendo en ella más esmero de lo que corresponde, perdemos de vista que esto no debería ser - si es que debe ser - más que un “Hishtadlut” a los que estamos obligados como parte de la vida terrenal.

¿Qué es “Hishtadlut”, y qué significado tiene en la vida del judío creyente? Aquel que posee la certeza que D”s - y solamente Él, determina todo - absolutamente todo - lo que sucede en el mundo, entiende que nuestra obligación de proceder en términos terrenales en nuestra vida cotidiana, es meramente porque D”s estableció que ese es el modo en el que debemos proceder, tanto en nuestra preocupación por ganarnos el pan, proteger nuestra propiedad, cuidar nuestra salud, etc.

El deber de ocuparse en límites lógicos en materia de lo mundano y terrenal, sin perder de vista que el éxito de toda gestión depende de D”s, se denomina “Hishtadlut”. Cuando una persona exagera en cualquiera de estas tareas, da la apariencia de que no cree que realmente dependa de D”s el éxito que obtenga, sino que lo atribuye a su propio empeño y habilidad - o sea: exactamente lo opuesto.

¿A qué se llama exagerado?
Es difícil definirlo. Sin embargo, si el hecho de ocuparse de un aspecto de la vida, niega el tiempo y la tranquilidad mental para atender otras cuestiones vitales, entonces sin suda se está exagerando. Asimismo, nunca el Hishtadlut puede incluir actitudes que estén en contravención con lo que la Torá nos indica. Por lo tanto, no se podrá contemplar una actitud maquiavelista de justificar lo incorrecto motivado en fines sagrados.

Aquel que estudió Torá y está versado en la historia judía, sabe que D”s no necesita que nosotros, los seres humanos Le dictemos cómo Él debe asistirnos. Los slogans que se enuncian para motivar al voto pueden no ajustarse a estas ideas. No debemos declarar que “la única manera” con la que se puede salvar una situación, es mediante el voto. Simplemente, es sería llevar el sufragio a un espacio protagónico que no le corresponde. Una publicidad “religiosa” no puede decir “medias verdades” (como quizás lo hagan otros). De nosotros D”s (y los judíos que aun si no cumplen personalmente con la Torá, saben que nosotros sí intentamos hacerlo), exige más. Se espera que las palabras enunciadas sean “Emet” (fidelidad, autenticidad) pura y exacta.

La salvación de D”s nos ha llegado de las maneras más imprevistas e inesperadas. Precisamente porque somos humanos, nunca sabemos cómo D”s nos ayudará en cada situación. Solo sabemos con certeza que estamos en Sus Manos y que El defineY si la batalla real no está en las urnas. ¿Dónde se realiza, entonces?

Nuestra batalla se libra en el respeto y amor por la Torá, en la minuciosidad en el cumplimiento de las Mitzvot, en la concentración en la Tefilá, en el ahínco puesto en el estudio de la Torá, en el trato correcto con los semejantes - amigos, en la honestidad en los negocios, en la santidad de nuestro matrimonio y hogar.

De pie frente al espejo, a Victoria no le agradaba lo que veía. Su rostro estaba pálido. Corrió al placard y abrió su cajita de cosméticos. Tomó la base y el rubor y comenzó a aplicarlo… al espejo.

Todos los embates contra la Torá que manifiestan quienes la afrontan, fueran ellos no-judíos - o aun más triste, si se trata de judíos - reflejan las debilidades internas que nosotros - quienes sí intentamos apreciar y cumplir la Torá - debemos resolver internamente.

En nuestra comunidad judía ashkenazí también se realizan elecciones. Si bien pareciera ser incuestionable el hecho de pertenecer a una comunidad que no se basa en las leyes de la Torá, eso mismo es tema de duda. R. Sh.R.Hirsch sz”l luchó gran parte de su vida para liberar legalmente a los judíos observantes de Alemania del siglo XIX de pertenecer y contribuir a comunidades que no se regían según la Torá. Esto permitió que se desarrollaran las Kehilot que sobrevivieron espiritualmente el embate de la asimilación judía a la sociedad germana. La primera pregunta sería, entonces, si asociarnos a una comunidad laica.

Si, lamentablemente, no tenemos otra alternativa sino la de afiliarnos a una comunidad laica, el próximo paso sería: cómo hacer para intentar que se produzca el “mal menor”, y, si los Rabanim dicen que eso implica acercarse a votar para expresar nuestra opinión, pues es lo que haremos. De todos modos, este negativo escenario nos muestra a las claras nuestra triste existencia galútica.

Errados como estuvieran los judíos que ignoran la Torá, no dejan de ser judíos. En el fondo, quisiéramos con todo el corazón que se acercaran a la Torá y a la Teshuvá. Son ellos quienes caminan por el borde de la cornisa y necesitan de nosotros, pues sus hijos se están perdiendo, lamentable e irreversiblemente, de nuestro pueblo. En elecciones, como en cualquier competencia, los contendientes se perciben en veredas opuestas. Tal como explica el Talmud, el pasaje de Tehilim (104:35) nos dice: “que se acaben los pecados de la tierra” - solamente pedimos por la desaparición de los pecados, pero no la de los pecadores. Lo que más duele en las elecciones, es que asienta aun más la oposición de los laicos a la Torá y la aparición de los falsarios oportunistas.

De un modo u otro, demasiado cercanos - como estamos - a un modo de pensar “político” que debiera ser ajeno a nosotros, tomemos conciencia que la “salvación” individual y comunitaria están en la Torá - y no en la política. En eso debemos formar un bloque unido, todos los que con humildad respetamos la Torá. Aun en las diferencias de matices, todos los que intentamos obedecer la Torá según las enseñanzas de los maestros de cada uno - si cada uno respeta los esfuerzos y las obras de los demás, eso nos convertirá en un equipo que será querido y aceptado por D”s. Am Israel - y toda la humanidad - triunfarán entonces - no necesariamente mediante las urnas, sino recibiendo al Mashíaj: “veieasú julam Agudá ajat, la’asot retzonJá belevav shalem” (Tefilá de Rosh haShaná y Iom Kipur).

 

La Voz Judía nro. 431

Redacción y Administración: Lavalle 2168 Of. 37 ( C.P. 1051) de 15.30 a 18.00 Hs.
Tel.: 4953-7132 / Telefax.: 4961-0954

Tribuna Judía
Una voz que ahonda en las raices judías

Aparece quincenalmente
Director: Prof. Pedro E. Berim
Diseño y Diagramación: Luminaria Design

Propietario
Unión de Israel en la argentina (U.D.I.)

Registro Nacional de la Propiedad Intelectual #187.257