La Voz Judía


La Voz Judía
¿Quién es judío y... a quién le importa?
Audrey J. Wohlgemuth

Te comentaré mi secreto: no soy judía de nacimiento, no, verdaderamente.

Por supuesto que encendíamos velas, bendecíamos el pan, íbamos a los servicios los viernes en la noche, me disfracé de Esther, construí una Sucá en una caja de zapatos, le pegué a mi hermana, hice Bat Mitzvá, fui a veranear al Campo Hess Kramer, me sabía el “Hatikva” de memoria. Crecí como judía y me sentía orgullosa de serlo.

Hasta que viajé a Israel y conocí a los judíos “observantes”.

El nombre de mi padre es judío; el de mi madre no, es convertida al estilo reformista. Según esos judíos observantes, ella no es judía, yo tampoco, nunca he formado parte de la tribu.

¿No soy judía? Eso duele. Es increíble. Las veces que me dije: “Nunca más pondré mis pies en una sinagoga ortodoxa”.

No lo hice durante 15 años. Hasta el año pasado, cuando la muerte de tres amigos movió mi fe en Di-s llevándome a hurgar en mis raíces. Quería aprender, profundamente, cómo veía el judaísmo, a Di-s y cómo debían los judíos relacionarse con Él.
Para mi asombro, las instituciones de enseñanza de mayor abolengo a precios razonables eran todas de tendencia ortodoxa. Después de hacerme una idea clara entre aprender en la sinagoga y contribuir con su sectarismo, decidí tomar algunas clases básicas sobre judaísmo. Después de comenzar a aprender a fondo sobre el Di-s de la Torá y la ley (Halajá), que ligan al pueblo judío con ese Di-s, no me tomó mucho tiempo encontrarme a tono. El aprendizaje me llevó a la plegaria, ésta a la comunidad, y después a un estilo de vida, y de vuelta nuevamente. De manera que después de casi un año de aprendizaje, aunque con lucha, he decidido convertirme y conducir mi vida según la Halajá.

Pero en el camino he tenido que tragar mucho orgullo.

Lo más duro fue la cachetada que recibí cuando me dijeron que no era judía, y no me diga que es algo personal, sólo se trata de aplicar la ley a los hechos. Desde el punto de vista intelectual puede ser cierto, pero no salva lo emocional. Es difícil aceptar que una ha sido excluída, especialmente cuando la comunidad tiene una identidad judía.

Cuando comencé a aprender en una sinagoga ortodoxa, oculté la conversión de mi madre como un defecto de nacimiento. No mentí, sólo no lo dije. Un par de rabinos a quienes finalmente revelé mi nacimiento, me animaron a continuar ocultándolo; uno actuó como si el hecho me había quitado toda identidad judía, el más simpático, y el otro, como si fuera un secreto vergonzoso que debía ser reparado lo más rápido y tranquilamente posible.

Me encontraba perdida en la tierra de nadie. No pertenezco a un aula donde los convertidos aprendían por primera vez que era Pésaj, aunque aprender con judíos que retornaban a su religión no iba a resolver mi crisis de identidad. No podía encontrar libros escritos por o para gente como yo, y finalmente terminé programando clases y maestros para obtener la educación que creía que necesitaba para lograr una conversión significativa.

Todavía tengo mucho que aprender antes de hacer un compromiso a largo plazo, y mentiría si dijese que estar en compañía de judíos ortodoxos, sin ser considerada parte de ellos, es cómodo. Verdaderamente, no lo es.

Pero mientras más aprendo, me doy cuenta que se trata de un asunto de perspectiva: lo que he visto durante tanto tiempo como una ganancia, mi ilegítimo status, según la Halajá, es de muchas maneras una posición muy privilegiada. Así es que yo deseo, mientras todavía siento el dolor de vivir en el limbo, compartir mis pensamientos con otros como yo, con la esperanza de superar el obstáculo de no ser judía para aprender a vivir bajo la ley judaica.

Y cuán doloroso es no haber nacido judía según la ley. No creo que alguna vez pueda verlo como que puedo escoger ser judía: Crecí entre kugel y el kishke, mis huesos están impregnados de judaísmo, aunque tengo elección, a diferencia de mis amigos nacidos judíos, de no ser judío, según la ley, sin pagar un precio. Precisamente debido a que la ley me excluye por nacimiento, no espera nada de mí, al menos hasta que yo decida someterme voluntariamente. Así como lo que para los judíos por nacimiento representa una de sus grandes luchas, como es el acatamiento a la Halajá por mandato divino, para mí representa una elección..

A mi manera de ver, Di-s me ha dado una enorme fe al delegarme la decisión de someterme a su ley.

Por otra parte, lo máximo en humildad forzada es el hecho de que, sin haber cometido ningún error, para ser judía debo someterme a una conversión, mientras que los judíos por nacimiento seculares no. Particularmente en los Estados Unidos, donde lo que cuenta es lo que se hace y no de quién se nace, es difícil aceptar que algo tan fuera de mi control como mi nacimiento dicte el curso de mi vida. Pero al aceptar que acción significa aceptación, contrario a la creencia popular, de que mi vida no es mi propia creación, la he recibido, con todas sus particularidades, como un regalo de Di-s, y si tuviera que escoger entre aceptar o no, con agradecimiento, tomo mi vida obligada por las circunstancias como pueden ser. Lo contrario, valga decir, no es vida.

Otro gran beneficio del proceso de conversión es que me obliga a buscar la mejor educación posible: Tengo la obligación de aprender más sobre religión que la mayoría de los judíos laicos que retornan al judaísmo, y lo más importante es que cuando sea llamado ante la corte rabínica, podré manifestar mi fe en Di-s de manera no disponible a los judíos por nacimiento. Es fácil hacerse observante cuando no hay que escoger, tomando lo que es cómodo o lo que tiene sentido. La circunstancia de mi nacimiento me libra de caer en esa trampa. Cuando manifieste mi obediencia sincera a la Halajá, tendré la oportunidad de reconocer la soberanía de Di-s de todo corazón. El acto de conversión en sí es una demostración única de fe, la cual exige su misión a algo que llega a lo más profundo de mi ser, mi condición de judía, de acuerdo a la ley. Creo que lo mejor es tener que adquirir un nuevo nombre hebreo, para comenzar la vida desde cero.

Este Rosh Hashaná y Yom Kipur, los judíos del mundo entero pidieron a Di-s perdón por todos los pecados cometidos. Ese no fue mi caso: Di-s ha puesto en mis propias manos el poder de la salvación. Inspirada en el espíritu de Jánuca, recé para que Di-s me dé la fortaleza de conducir mi vida como judía a un nivel más alto y le agradecí por haberme hecho merecedora de poder escoger en convertirme en uno de sus elegidos.

 

La tribuna Judía 34

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