La Voz Judía


La Voz Judía
Un saludo para todos
Por el Rabino Daniel Oppenheimer



“Buenos días, señorita” - decíamos los alumnos de aquel entonces, todas las mañanas cuando entrábamos al grado para aprender a escribir, a sumar y a tener buenos modales como el de saludar a las personas.

Desde entonces tenemos asumido que “corresponde” - a quien pretende considerarse bien educado - saludar a toda persona conocida en cuanto la vea. En esto coinciden plenamente los seres humanos de las más diversas extracciones, con la diferencia que su saludo puede variar en la forma de realizarse. Los militares tienen su propia venia y otros saludan con los gestos más diversos: algunos se besan, otros se inclinan respetuosamente a la distancia, otros aun se abrazan y se dan efusivas palmadas en la espalda, y otros poseen diferentes maneras o ademanes.

En el idioma hebreo es corriente saludarse con la palabra Shalom, que sirve tanto para decir “hola” como para despedirse con el “chau”. La palabra “shalom”, sin embargo, no se reduce a una forma de saludo, sino que significa, a su vez “paz”, y, aparte de eso, no por casualidad, es uno de los nombres y atributos del Todopoderoso.

¿Qué hay de todo eso? ¿Por qué se utiliza un nombre de D”s para saludarse y por qué precisamente con la palabra “paz”? Para comprender esto, debemos aclarar que el saludo no es únicamente uno de los modales de cortesía, sino un deseo, o, mejor expresado en términos del judío creyente, un rezo (a D”s) por el bienestar del semejante. En ese significado, ni siquiera es necesario que el beneficiado se entere de los buenos augurios, pues se debe bregar por su dicha tanto si él lo sabe, o no.

En cierta oportunidad, R. Natan Tzvi Finkel sz”l, pasaba por la ventana de una casa y saludó en aquella dirección. Un alumno que lo acompañaba, se extrañó, pues no veía a nadie en la ventana. A lo cual le respondió R. Natan Tzvi: “Nunca entendí a la gente que sólo desea bien al prójimo, cuando el otro la ve...”

Pues entonces, no existen verdaderamente los modales como una virtud en si. Los modales pertenecen a un juego de nuestro mundo occidental ficticio e hipócrita en el cual prima el concepto de “cómo quedar” por sobre el “cómo es”. Lo que la Torá espera de la persona es que realmente desee bien al semejante de corazón, aun si aquel no sabe de sus buenas intenciones. La demostración pública y la manera visible del ademán del saludo es un acto adicional al deseo sincero y sirve para que el semejante sienta que está acompañado, pues eso también le da fuerza y ánimo en su tarea personal.

Entenderemos entonces, porqué la mención del nombre de D”s en el saludo. Más que un gesto hacia el otro, nuestra plegaria en el momento de ver al amigo (o el que aún no lo es), está dirigida hacia D”s para que le colme con buenaventura. El hecho que entre todos los nombres de D”s se acostumbre utilizar “shalom”, aquel que significa paz, integridad o armonía, es porque nada del mundo se puede realizar ni disfrutar, sin el beneficio de la paz y de la tranquilidad.

La forma de saludarse con el nombre de D”s no es nueva. En la lectura de Ruth, que acabamos de escuchar en Shavuot, encontramos a Boaz que saluda a sus empleados que le están cosechando el campo con “Hashem imajem” = D”s con Ustedes, a lo cual éstos le responden “ievarejejá hashem” = que D”s te bendiga.
A muchos que estén leyendo esto les sorprenderá saber que saludar a la gente es una obligación religiosa. A otros les costará aprender a desearle realmente el bien al otro. Lo segundo es indudablemente más difícil que lo primero. Pues la parte ostentosa del saludo, es cuestión de costumbre, mientras que cultivarse en la manera de anhelar permanentemente el bienestar del prójimo requiere un trabajo sobre las características humanas propias, que pocos están dispuestos a asumir.

La Torá encargó a Aharon y a su descendencia la tarea de bendecir diariamente a los judíos (Bamidbar 6:22-27). Es lo que conocemos por Bircat Cohanim (fuera de Israel, los Ashkenazim únicamente lo cumplimos en los días de festividad). Uno se pregunta: ¿Por qué justamente Aharón? La respuesta la encontramos en su historia personal. Por qué mereció Aharón vestir sobre su pecho los Urim veTumim (nombres sagrados que formaban parte del pectoral que lucía el sumo sacerdote)? Contestan los Sabios: “Un corazón que se entera que su hermano menor fue agraciado con la tarea de convertirse en el mensajero Di-vino y líder del pueblo para extraer a los judíos de Egipto (en lugar de que sea él mismo) y alegrarse de verdad sin ningún dejo de celos, merece vestir este adorno...”. Es más fácil solidarizarse con el dolor ajeno, que fraternizar o adherir a su alegría (aun más, cuando uno mismo no la posee). Aharón es entonces el paradigma de aquel que aspira por el bienestar de los demás. Por lo tanto, no hay nadie más digno de bendecir al pueblo que Aharón. ¿Qué nos enseña el Sabio Hillel y nos exige que aprendamos de Aharón? “Ama la paz, busca la paz, ama a las personas y las acerca a la Torá” (Pirkei Avot 1).

En la misma época de Hillel vivió otro famoso Sabio, llamado Shamai. Ambos fundaron importantes Ieshivot mencionadas a lo largo del Talmud. ¿Qué nos legó Shamai en su enseñanza?

“Hevé mekabel et kol adam besever panim iafot” = recibe a toda persona con un buen semblante (Pirkei Avot Cap 1). No alcanza con sólo saludar. Se nos demanda tenerlo en cuenta y darle la debida consideración e interés (“besever”). A su vez se nos pide que se lo vea con el contacto facial, es decir: aproximarse a él y no atender a sus necesidades de reojo (“panim”). Por último se habla de “iafot” = radiante. Es decir que la cara que ven los demás debe ser alegre y con una sonrisa. La expresión de un rostro alegre contagia a los que lo rodean y hasta puede cambiarle el día a nuestros seres queridos. Es más, en muchas instancias la alegría del semblante puede quitar los habituales prejuicios y resquemores que surgen entre los seres humanos por los malos entendidos que suelen ocurrir por error o por el hecho que dos personas tienen diferencias de opinión en algún ámbito.

Por otro lado, los Sabios de Mussar, (el estudio minucioso de rectificación de la conducta propia), consideran que la exhibición notoria de una cara triste es equivalente a la ley de “bor birshut harabim”, una foza peligrosa cavada de manera irresponsable en un lugar de tránsito público catalogada como acto sancionable en la Torá.

El saludo diario hace sentir importante al oyente.
Se cuenta acerca de R. Iojanán ben Zakai, uno de los Tanaím más importantes de la Mishná, que nunca una persona le adelantó el saludo, aun un desconocido en el mercado (tratado Brajot 17).

El Talmud es aun más severo con aquel que no respone al saludo y lo considera como que “roba a un menesteroso”, pues lo único que es posible quitarle al pobre que carece de todo lo material es el saludo que se le debe como ser humano.

La cualidad que acabo de citar del Talmud acerca de R. Iojanán ben Zakai, caracterizó a todos los Sabios de la Torá en todos los tiempos. Yo tuve el privilegio de conocer a muchos e invariablemente mostraban alegría al saludar aun cuando yo era un extraño desconocido para ellos.

El R. Arye Levin sz”l, quien visitaba regularmente las cárceles de Israel se distinguió en esta meritoria actitud.
Cuenta uno de los presos: “En uno de los Shabatot de 5499 (1939), vi a R. Arye que estaba saludando y conversando con un asesino (preso) de quien era difícil pensar que le quedaba algo del ‘semblante Di-vino’ Me asombré y sospeché de la actitud de R. Arye quien estaba dispuesto a dispensar su amor a un homicida de la propia esposa, madre de sus hijos...

“Al día siguiente, cuando me estaba quitando los Tefilín y el Talit, se me acercó aquel individuo y me solicitó que le prestara estos objetos sagrados. Dudé, conociendo el pasado de este hombre, pero dado que insistió, consentí en dárselos. Se colocó el Tefilín y comenzó a rezar del Sidur. Se me acercaron varios presidiarios para castigar a aquel hombre. ‘¿Desde cuándo este dice Tefilá? Seguro que se debe estar burlando de los objetos sagrados de nuestra religión!’ Como demostración, aludieron a que se había colocado el Tefilín sobre la mano derecha (en lugar de la izquierda, como se debe hacer).

“Dado que sabía que eran capaces de cualquier atrocidad, les pedí tiempo para analizar el tema. Cité al ‘interesado’ y en confianza le pregunté por qué se había colocado el Tefilín de manera indebida. A lo cual me respondió emocionado: ‘Entendé, luego de la visita de R. Arye, reflexioné todo aquel día sobre mis acciones y decidí arrepentirme de mis crímenes. Sentí la urgencia de rezar. Pero... ¿cómo iba a colocar el Tefilín sobre mi mano izquierda que está impura por derramar sangre inocente? Por otro lado, la derecha aún está pura...’.

“En aquel momento, comprendí la fuerza espiritual de nuestro maestro que lograba extraer las chispas sagradas del alma aun del propio barro.”
Esta historia es auténtica. También la de R. Iojanan ben Zakai y la de Aharón. Cuánto nos queda por aprender! Por lo pronto, podemos saludar con respeto, cordialidad y afecto.

 

La Voz Judía nro. 433

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