La Voz Judía


La Voz Judía
Comunitarias
Lucha de Poder

Quienes desde hace años, por nuestra función, nos vemos obligados a observar lo que ocurre en la comunidad judía de la Argentina notamos que cada día es mayor el tiempo que los dirigentes le dedican a luchar por el poder.
Este hecho no es nuevo, a lo largo de nuestra milenaria historia se repitió innumerables veces, y su consecuencia ha sido siempre desafortunada para la continuidad de nuestro pueblo.
A la Argentina, los judíos llegaron emigrando - en su gran mayoría – de países en los cuales eran segregados por el sólo hecho de ser judíos y existía el peligro de que fueran eliminados no solo como pueblo sino como seres humanos.
Esos miles y miles de hombres, mujeres y niños arribaron a estas tierras con la esperanza de encontrar un ámbito que les permitiera mantener su peculiaridad.
No les fue fácil adaptarse, desconocían el idioma y las costumbres de los lugareños eran muy distintas a las que conocían en Europa Oriental, el Imperio Otomano y el norte de África.
Ellos, junto a sus esperanzas, traían el conocimiento de lo que era la vida judía, fueran o no observantes. No se preguntaban que es ser judío, lo eran y no le creaba ningún tipo de problemas y pese a las dificultades económicas se preocuparon por organizarse comunitariamente.
Por el influjo de las ideologías imperantes en Europa Oriental, la gran mayoría era ashkenazí, copiaron el modelo de organización comunitaria de sus lugares de origen, dando prioridad a la educación, aunque en lugar de centrarla en los valores ancestrales que permitieron la continuidad judía lo hicieron adaptándose al medio.
Lucharon para obtener una mejor posición en la escala social y que sus hijos pudieran estudiar, dejando de lado - en muchos casos - los valores y la forma de vida judía.
Muchos consideraron que el ideal sionista laico aseguraría la continuidad y en lugar de que en las escuelas judías las materias centrales fueran la Tora y los textos halájicos establecieron que la Historia Judía junto al idish y su literatura primero y el hebreo después, los remplazasen.
Ellos eran judíos tradicionalistas, aunque dejaban de lado las tradiciones ancestrales del pueblo judío para reemplazarlas por elementos que sólo mantenían las formas pero no los contenidos. Intentaron crear un judaísmo “laico” para el cual el Tanaj era sólo literatura.
Con el paso de los años lo lograron, excepto en un sector proporcionalmente pequeño que continúo manteniendo la forma de vida judía de acuerdo a las disposiciones emanadas del Creador.
Ese judaísmo “laico” no era homogéneo, estaba dividido en partidos, los mismos que existían en Polonia en los años veinte, bundistas, sionistas de izquierda en sus diversas vertientes, revisionistas y sionistas generales. Esos partidos tenían líderes que luchaban por acceder al gobierno de las instituciones comunitarias. Consideraban que sus ideologías eran mejores que las de sus contrarios para asegurar la continuidad de la comunidad.
Pero como esas ideologías no tenían nada que ver con la esencia judía, con lo que hizo que a lo largo de miles de años siguiéramos siendo un pueblo sin tener un estado ni un territorio el resultado no fue el que ellos esperaban.
A los jóvenes no les interesaban esas luchas por el poder para dirigir la AMIA, la DAIA o la OSA, para ellos lo importante era lograr un buen ingreso económico, cómo profesional, comerciante o industrial y casarse.
Como todavía el influjo de la familia era importante concurrían a instituciones judías y mayormente se relacionaban con otros jóvenes en semejante situación, pero también estaban aquellos que siendo consecuente con el tipo de educación recibida dejaban de lado la comunidad.
Nos estamos refiriendo a las décadas del cincuenta y del sesenta del siglo pasado, cuando los casamientos exogámicos comienzan a notarse y surge el problema de que hacer ante esa nueva realidad.
Cómo este proceso ya se había producido en los Estados Unidos y Europa, ciertos dirigentes consideran que la solución es hacer lo que se hizo allí, aceptar esos casamientos previo una rápida, y por lo tanto no halájica, conversión del no judío al judaísmo y poder realizar así la jupa.
Esos jóvenes de los cincuenta y los sesenta crecieron, se casaron y tuvieron hijos. Pero sus conocimientos judaicos eran mínimos. La dirigencia se encontró ante otro problema, que hacer con los hijos de esos padres y no tuvo mejor idea que convencer a los padres de que enviando a sus hijos a las escuelas judías no observantes, a los clubes la continuidad judía estaría asegurada.
Ellos, los dirigentes, mientras tanto continuaban al frente de las instituciones a la vez que se quejaban de que no tenían a quien dejarles su lugar, que los judíos de 30 a 40 años, fuera de alguna excepción, no les interesaba ocuparse de las instituciones judías.
Este proceder se mantuvo hasta los años ochenta en que se hizo innegable, por un lado que era grande la cantidad de jóvenes que se alejaban del judaísmo y de la comunidad y por otro que muchos que elegían como esposo o esposa a un no judío no aceptaba la parodia de la conversión para casarse por jupa.
Lo lógico hubiera sido que esa dirigencia “tradicionalista” reconociera su error, pero no fue así. Para ellos los equivocados eran aquellos que se habían mantenido fieles a la tradición de nuestros ancestros y que con gran esfuerzo fueron construyendo instituciones educativas en las cuales la Tora es la palabra del Creador y el estudio de los textos tradicionales esta en relación directa con la forma de vida judía.
Hoy, veinte años después, esos dirigentes ya no están y quienes los reemplazaron, en la gran mayoría de los casos no tiene una educación judía acorde a las necesidades actuales de la comunidad.
Las continuas “internas” corroboran lo que estamos diciendo, pues las mismas no se sustentan en lograr una mejor educación judía basada en los valores que nos distinguieron a lo largo de centenares de años sino en simples luchas por espacios de poder.
Ser directivo de la AMIA y la DAIA pareciera ser sinónimo de intentar avasallar al otro, de no complementarse en la tarea de dirigir la comunidad y dar solución a la serie de problemas que enfrentamos, uno de los cuales - y quizás el más grave - es asegurar la continuidad judía.
En lugar de volver a las fuentes, de apoyar económica y humanamente a quienes dedican sus esfuerzos a enseñar lo que es el judaísmo vivenciándolo se aferran a las estructuras que fracasaron.
No se dan cuenta que están recorriendo un camino equivocado, que por más que afirmen que es primordial luchar contra la asimilación con sus “internas”, difundidas ampliamente por los medios de prensa nacionales, la están favoreciendo.

 

Nro 348 - Sivan del 5764 / Junio de 2004

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