Comunidades


Periódico Judío Independiente
Las relaciones entre Israel y la Diáspora
Construir un puente unidireccional

Por Rabino Yerahmiel Barylka / Israel
En el marco del 26 º aniversario de Comunidades y su edición especial 500 es oportuno revisar las complejas y diferentes relaciones entre Israel y la diáspora. En un mundo globalizado en que los vínculos se estrechan, no parece suceder los mismo con los judíos y su solar histórico. ¿ Cómo acortar la brecha?

Caracterizar relaciones entre un grupo disperso entre las naciones con una entidad soberana como
el Estado de Israel, no es tarea fácil. Las características comunes de ambas entidades son
menos destacadas que las que las separan. Una está influenciada por el medio en el que se encuentren
sus componentes, su idioma, su cultura, su historia, aún cuando se asuman como un grupo colectivo, el otro va creando su propia identidad
influenciado únicamente por el mundo globalizado.
La de uno se pierde en la influencia de la mayoría, la del otro se crea, por primera vez en
siglos, como mayoritaria. Los judíos de la dispersión se asimilan a la mayoría de los
habitantes de sus países aunque no lo deseen. Los de Israel, por ser mayoría, permiten que las
minorías, aún los no judíos, se asimilen al grupo mayoritario. Unos, para festejar sus propias
fiestas deben pedir permisos, o sufrir del ser distintos, los otros, unifican sus festejos
históricos, personales y familiares con los de la Nación.

Es obvio que sea cual fuere el criterio para determinar la identidad del grupo disperso, tan
discutida aún en nuestros días, no puede compararse con la que asume un ente político
nacional, un país soberano, un Estado organizado.
Quizás aquí se encuentre oculta la principal razón que dificulta el diálogo entre las partes. Ambas
usan otros códigos para significarse y otras lenguas para comunicarse. Sus destinos son
diferentes y su experiencia personal cotidiana no puede compartirse.
Cuando en el año 1898 la convención rabínica de los Reformistas en Pittsburg, Estados Unidos,
declaró que el pueblo judío no era una nación sino un “pueblo del pacto”, fijaron también para
quienes no comparten su filosofía, un marco que serviría posteriormente para reglar sus relaciones
con el Estado aún no nato en aquel entonces.
Paradójicamente, su pensamiento fue lentamente abandonado por sus líderes en los últimos 60 años,
pero, fue adoptado por la ultra-ortodoxia aunque por razones distintas, incluso diferentes de las
de la Ortodoxia política que al inicio del Sionismo se opuso al Sionismo. Su contrapartida
desde Israel fue el pensamiento de anular la diáspora y desconocerla como parte de lo que
podría existir como nación independiente.
Ideología que fue abandonada en los últimos decenios por la mayoría de los pensadores
israelíes, que hoy aceptan que vivir fuera de Israel puede ser una alternativa, aunque cada vez
se separe más del centro espiritual, político y religioso del pueblo judío. El pensamiento de
Pinsker en su Autoemancipación, que en su momento causara una revolución en la reflexión, fue
paralizado en un mundo de gran dinámica y pocos lo siguen. El antisemitismo de los inicios del siglo
XXI es también diferente, aunque no menos peligroso, que el que existió en los siglos
pasados antes y durante la Shoá. En aquel entonces, el peligro del islamismo fanático no
existía o estaba en estado latente, hoy amenaza a
la cultura de Occidente y en más de un caso a la
seguridad física de los judíos se encuentren en
cualquier lugar del mundo. Algunos judíos de la
Diáspora culpan a Israel de causarlo, como si la
desaparición del Estado, les pudiera dar mayor
seguridad. Mala memoria, tienen quienes así
opinan. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial,
el peligro más latente para los judíos de la
Diáspora era su desaparición espiritual, la
poligamia y su aculturación alejada de los valores
judíos y del cumplimiento de los preceptos,
amenazas prácticamente inexistentes en Israel. En
nuestros días, el peligro de ataques físicos se
suma a los anteriores.
La gratificación que algunos sentían hasta ahora,
cuando ayudaban económicamente a Israel, cosa que
les permitiría un tipo de reconocimiento y de
sedación de la conciencia, va careciendo cada vez
más de importancia para aquellos que no supieron
convertir esa actitud en una verdadera asociación
de destinos. No es sorpresa que las instituciones
nacionales que tradicionalmente asistían a los
judíos se vean cada vez menos dispuestos a
colaborar con los programas que les presentan
desde esos países. El dinero no sigue dando
legitimidad para la identidad.
La creación del pensamiento judío en los países de
la dispersión no consigue brindar aportes
significativos al judaísmo, pese a que en ciertos
países, en particular los Estados Unidos, hay una
dinámica de creación literaria y social, pero, su
aporte al cambio y al progreso en la filosofía es
pobre y escaso. En Israel, la renovación no cesa.
Aún en el terreno de la creación religiosa
propiamente dicha, no ha habido en los últimos
siglos una cantidad tan grande de alumnos de
yeshivot y de rabinos que en sus Responsas tengan
la capacidad y la aceptación de crear normas
fundamentalmente en los espacios de conflicto
entre las pautas religiosas y los problemas de la
vida cotidiana. Sus fallos crean jurisprudencia
entre los rabinos israelíes y llegan con enorme
atraso a los países de la dispersión cuyas
autoridades espirituales, no tienen ni el
conocimiento ni la seguridad en sí mismos para
innovar en esos o en otros temas. Cuando en Israel
temas como fecundidad, trasplantes, conversiones,
y soluciones diversas a problemas de la técnica
para que no se contradigan con las normas
religiosas avanzan diariamente, en los países de
la diáspora, ni siquiera se debaten, y
lamentablemente tardan demasiados años para ser
aceptados creando dolor, desconocimiento y
distanciamiento. La revolución de la mujer en el
judaísmo, por ejemplo, está aún muy lejos de
llegar a los países de habla hispana.
Esa inseguridad provoca encerramiento y como
siempre promueve a condenar lo desconocido y lo
lejano, provocando un precipicio en los tiempos
que fortifican el distanciamiento en el espacio y
en la vivencia. Como simples muestras, podemos
citar el año sabático que en estos momentos se
cumple para el descanso de la tierra en Israel y
el cumplimiento de los preceptos inherentes a la
Tierra de Israel completamente borrados de la
tradición de los años del exilio, la manera en la
que se conmemoran los días especiales como Iom
Hashoá, Iom Hazicarón y el mismo Iom Hatzmaut, que
aún no ha alcanzado una forma unánimemente
practicada en Israel y que no necesariamente son
evocados de ninguna manera por la mayoría de los
judíos en los países de la dispersión, ni en forma
privada ni asistiendo a los actos comunitarios.
Es hora de construir un puente unidireccional
desde la dispersión hacia Israel, para que en
consecuencia pueda trasladar la orientación de
Sión a los judíos del mundo. No sea que en tiempos
de globalización, donde todas las distancias se
acortaron, la que existe entre los judíos de los
países del mundo respecto a Israel, se hagan
inalcanzables. Si no nos apuramos, en poco tiempo
más tendremos dos unidades totalmente distintas
que no podrán seguir comunicándose entre sí.

Número 500
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