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Periódico Judío Independiente
Estados Unidos y el Mundo
Por Por Julián Schvindlerman, colaborador de Comunidades

Al momento de escribir estas líneas las elecciones norteamericanas aún deben acontecer, pero ya resulta claro que Barak Obama es el favorito entre los estadounidenses y en el resto del mundo. Internacionalmente, encuestas de la BBC, The Economist y el Pew Research Center dan cuenta de ello. Domésticamente, otras varias encuestas lo confirman. Los demócratas consideran ello un éxito, y en un sentido evidente lo es. Sin embargo, que en las elecciones más fáciles de la historia nacional –con un presidente republicano hiper-desprestigiado, una guerra impopular a cuestas, un candidato muy carismático, los principales medios de comunicación a favor, ventaja recaudatoria apreciable, y una crisis financiera con repercusiones planetarias estallando en plena campaña electoral- los demócratas no logren superar en más de cinco o diez puntos de ventaja a los republicanos, y que de hecho en cierto momento hayan estado debajo de éstos, invita a una honesta reflexión acerca de la relevancia política de su plataforma.

Con un apoyo local de alrededor del 30%, y con un anti-Bushismo rampante desde Cancún hasta Ushuaia y desde Valencia hasta Shangai, la opinión pública parece haber dado su veredicto sobre las chances de los republicanos y especialmente acerca del presidente en funciones. Independientemente de quién sea el victorioso en las elecciones USA 2008, Bush en cualquier caso pronto se habrá ido. Pero antes de que el último clavo sea martillado en el féretro de su legado, reconozcámosle lo que se merece. George W. Bush llegó al poder sin tener la menor idea, ni él ni sus asesores, ni sus contrincantes ni sus seguidores, de lo que se avecinaba. Respondió al desafío con firmeza. Los atentados del 9/11 revolucionaron nuestro entendimiento de lo que una guerra significa en el siglo XXI. El presidente Bush reformuló la política de defensa estadounidense y llevó la batalla a las orillas de los enemigos. De ahí las guerras en Irak y en Afganistán: la estrategia no consistía en meramente responder a la agresión islamista, sino en prevenir el próximo ataque. Tal como ha señalado Douglas Feith, tercero en la jerarquía del Pentágono entre 2001-2005, se eligió remover a los Talibanes y a Saddam Hussein del poder porque ello era necesario. En los siguientes siete años transcurridos desde el golpe magistral de Al-Qaeda hasta estas elecciones, Londres, Madrid, Ammán, Estambul, y por supuesto Tel-Aviv, fueron blancos de ataque jihadista. En el mismo período, no hubo un solo atentado en suelo norteamericano. Puede que ello tenga algo que ver con las políticas defensivas de Bush, las que, debemos acotar, fueron universalmente repudiadas por los demócratas, quienes obsesionados con Guantánamo y las escuchas telefónicas, vivieron bajo el beneficio de la protección republicana.

El mundo sigue siendo un lugar peligroso. El Islam radical aún acecha. Irán avanza hacia el umbral nuclear. Hizbulla se rearma. Rusia retorna a la Guerra Fría. Venezuela abraza un nacionalismo populista de la peor calaña. Irak y Afganistán todavía deben equilibrarse. Pakistán, el único país musulmán poseedor de armas nucleares, es cada vez más inestable. La economía mundial tambalea. No sabemos quién atenderá el teléfono en la Casa Blanca a las 3am de ahora en más, pero sí sabemos que es allí donde sonará. Estados Unidos seguirá siendo una superpotencia aún después de esta crisis financiera fenomenal. “Constantinopla cayó a los otomanos después de dos siglos de retroceso y declive. Tomó dos guerras mundiales, una depresión global y el surgimiento de la guerra fría para disminuir al imperio británico. Por lo tanto es seguro decir que la era del dominio norteamericano no será cerrada por lagos de default...” escribió el comentarista Bret Stephens. En todo caso, “Cuando el agua llega a la cintura de Gulliver, eso significa que los enanitos ya están ahogados”. Él sustenta esta aseveración con estos datos: durante los tres meses previos al debacle y después de éste hasta el repunte transitorio de mediados de octubre, el Dow Jones cayó 25%, pero el XETRADAX de Alemania cayó 28%, la Bolsa de Shangai de China 30%, el NIKK225 de Japón 37%, la BOVESPA de Brasil 41% y el RTSI de Rusia 61%. Además, la cifra sideral de u$s 700 mil millones a los que en principio recurrió Washington para contener la crisis equivalen a un poco más del 5% del PBI norteamericano. El paquete de alrededor de u$s 500 mil millones de Alemania representa un 15% del suyo, y los u$s 835 mil millones de Gran Bretaña se aproxima al 30% de su PBI. Asimismo, la crisis golpeará a Rusia, Irán, Venezuela, Nigeria y algunos países del Golfo cuyos presupuestos operativos requieren de un precio del crudo elevado, y éste cayó de cerca de u$s 150/barril en julio a cerca de u$s 70/barril en octubre. En este período de incertidumbre, el dólar americano se ha fortalecido.

La crisis será eventualmente superada, pero las amenazas globales no desaparecerán. Aún en la era post-Bush, el anti-norteamericanismo seguirá de moda. Fuere quien fuere el nuevo Comandante en Jefe en Washington, Estados Unidos continuará recibiendo el desprecio de gran parte del globo terráqueo. Obama está mejor posicionado internacionalmente para distender la atmósfera; aún así, no podrá sostener a largo plazo el entusiasmo que cientos de miles de fans le mostraron en Berlín. McCain no tendrá período de gracia.

Estados Unidos seguirá encontrándose con su destino. Aún después de Bush, de Wall Street y de Irak, la hegemonía norteamericana primará. A decir del pensador Fouad Ajami: “Una cosa es protestar contra la Pax Americana. Pero cuando los encuestadores han partido, la verdad de nuestro orden contemporáneo de estados se sostiene. Vivimos en un mundo sostenido por el poder norteamericano; poder y benevolencia. Nada más bello, o más justo, se perfila en el horizonte”.


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