Sefaraires


SEFARAires
Aires de Sefarad en Buenos Aires
LITERATURA Y ARTE
Macarrones en Bélgica

Por Alberto Benchouam
-Ya se va a largar la lluvia, no van a ir hasta la ruta otra vez , dijo Angelina.
-Puedo preparar una ensalada o echarles más pimienta y orégano o hacer albóndigas
Mientras cambiaba de lugar los alimentos recién comprados, revisaba las bolsas y hasta debajo de la mesa, pero el queso rayado no aparecía. - El agua ya rompió el hervor, hay que echar los fideos, avisó la Sra. Elisa.
Las primeras gotas dieron contra mi brazo. A medida que empezaba la tormenta fuimos entrando uno a uno al comedor. Nos quedamos un momento sin saber qué hacer, viendo los relámpagos y escuchando los truenos.
-¿Se animan a comer algo diferente?. -Si tenemos las cosas...¿acaso no estamos de vacaciones ?
-¿Hay papas ?, -¡Muchas!, se adelantó Angelina. - Me decís y yo voy cocinando.
Los ingredientes fueron hirviendo. Pisar bien el puré y mezclarlo con los huevos, el perejil, la carne picada, volcar esa preparación sobre la pasta en una fuente y aplastarla con un tenedor antes de meterla en el horno.
-Podemos agregarle salsa blanca. - No, no va, dije. -Quedaría más sabroso. -Es una comida sefaradí, o lleva carne o lleva leche, ya la estamos haciendo bastante a la maisón (1) porque creo que me olvido de algo y los fideos no tienen agujero en el centro. Me miraron extrañados.
Mientras se cocinaba, fuimos al porche a tomar cerveza. Sentimos el cambio de la temperatura. -Hay mucho viento, pero en Piriápolis ya no llueve, aseguró alguien. - Sobre el cerro se está abriendo el cielo, creo que a la tarde vamos a poder tomar mate en la playa.
-Se ve que el pastel de fideos está rico, nadie habla - bromeó Roberto, mientras destapaba la tercer botella.
-La comida se llama macarrón reinado, corregí. Elisa, que estaba callada, me defendió.
-Una vez hice una fabada y la llamaron guiso de porotos, no fue aquí, pero yo ya comí esto antes, ¿dónde?, ¿cuándo?
Después comenzó a saborear lentamente cada bocado hasta que hizo un gesto de sorpresa con los ojos y se animó. -Ustedes dicen que hablo poco, pero hoy les voy a contar una historia, es increíble, pero son recuerdos de hace más de sesenta años. Fue en el treinta y ocho, en plena guerra civil española, yo tenía siete años y mi hermana nueve. Nacimos en una aldea de Asturias, vivíamos de lo poco que daba la huerta. Los inviernos eran crudos, pero en el mes de marzo llegó un ómnibus de la Cruz Roja, o de una sociedad semejante, enviaba niños a otras partes de Europa, hasta que terminara la guerra. Mis padres se pusieron de acuerdo, nosotras primero no queríamos, pero a la semana estábamos en París. Subimos a un tren acompañadas por unas monjas, nuestro destino era Bélgica, recuerdo que los campos eran más claros que los de mi tierra y los pueblos parecidos a los de los libros de cuentos.
Llegamos a Amberes donde nos hospedó un matrimonio durante más de un año. Madame Alegre y Don Mair Mendes. No tenían hijos, hablaban un español diferente al nuestro, nos decían que teníamos unas “caricas de rosas” , no entendíamos todas las palabras.
Teníamos un cuarto para nosotras solas, dos camitas, colchas floreadas, cortinas de tul. Nos llevaban a pasear a los cafés que estaban frente al río, nos enseñaban francés. Una hermana de caridad nos venía a buscar para ir a la iglesia casi todos los días. Nos llenaban de comida, entre las cuales estoy segura que estaba ésta, tenían cada dicho, “dame gordura, te daré hermosura”, por ejemplo…
Antes de regresar a Oviedo nos regalaron paquetes con dulces, telas y unos cigarros que no pasaron la frontera.
Dios había escuchado nuestros rezos, en nuestra casa estaban bien de salud.
Durante dos años les escribimos todos los meses, después dejamos de recibir respuesta, la guerra ahora estaba allí.
Es raro que ahora descubra que eran judíos, después de tantos años, Don Mair llevaba siempre la cabeza tapada con un sombrero, una boina o una gorra y hay otra cosa, un misterio que ahora creo que empiezo a entender.
- Si todos los misterios se develaran fácilmente - dijo Angelina con ironía.
Después de un momento de silencio, la mujer continuó su relato:
- Había días que bebían leche durante la cena, otros agua y los viernes se servían vino en unas copas que usaban solamente esa noche y rezaban en otro idioma.
-Bueno, no podían mezclar la carne con productos lácteos.
-¿Por qué? - Es una prohibición religiosa, - Con mi hermana hacíamos apuestas: hoy comerán con agua, hoy beberán. Hasta creímos que era un juego, para desconcertarnos, así que era por eso. El pedazo de macarrón reinado que queda me lo llevo, qué bueno fue olvidarse de comprar el queso.
A la tarde caminamos hasta la playa. Entre la ansiedad y la tristeza, Elisa me habló casi al oído.
-Yo conozco alguna canción sefaradí, hasta hay una que la interpretamos con el coro: “árboles lloran por lluvias y montañas por aire”.
-Pero disculpe mi ignorancia, usted sabe que soy creyente ¿Los judíos tienen una oración para los muertos.?
-Por supuesto. - ¿Me la puede escribir ?
Me sentí como el maestro que no conoce bien una respuesta y utilicé la misma táctica :
-Como no, mañana a la noche se la alcanzo.
Al otro día, debía viajar hasta Montevideo, pasar por el templo de la calle Buenos Aires y pedir una copia del
kadish (2), en fonética y la traducción al castellano.
(1) expresión francesa: a nuestro modo o estilo, como en nuestra casa / (2) Oración de duelo en lengua aramea.

Alberto Benchouam: El autor licenciado en psicología, es además investigador y escritor, con numerosas publicaciones en el país y en el extranjero, referidas a la temática de los sefaradíes.



 

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