La Voz Judía


La Voz Judía
Rosh Hashana
Historias para un dulce año nuevo

Saber qué preguntar

Cierta vez, en un pequeño pueblo vivía una pareja muy rica pero que al mismo tiempo eran muy tacaños. Si bien ellos observaban todas las mitzvot de la Torá, su observancia no había podido mejorar lo suficiente su carácter. De hecho había producido exactamente el efecto opuesto sobre ellos. Debido a las múltiples bendiciones financieras que les habían llovido, ellos estaban tan seguros de estar haciendo lo correcto que sumaron la trasgresión de la arrogancia a su pecado de ser amarretes.
Una vez llegó a oidos del Rabino Shmuel Munkis –un seguidor del Rav Shneur Zalman, el Baal HaTanya- la conducta de esta pareja. Rav Shmuel sintió pena por la pobre y desorientada pareja y decidió darles una lección que les enseñaría cómo corregir el rumbo.
El jasid llegó hasta el pueblo donde vivía la pareja poco después de terminar el último Shabat del mes Elul, la noche cuando los judíos ashkenazim comienzan a rezar Selijot en preparación de los Iamim Noraim.
Rav Shmuel se dirigió directamente hacia su casa y preguntó si se podía quedar durante unos pocos días. El jasid había tomado la precaución de vestirse con su ropa más elegante, lo cual produjo una buena impresión en la pareja que miraba al extraño con ojos muy críticos.
“Ustedes deben permitirme quedarme en vuestra casa”, ordenó Rav Shmuel. “Yo soy un talmid jajam y no puedo permitirme mezclarme con gente común y escuchar su charla. A mi me adelantaron que sólo ustedes eran capaces de apreciar mi distinguida compañía”.
La pareja se sintió muy complacida ante las palabras del rabino y lo invitaron a quedarse en su casa. Ellos estaban muy deseosos de demostrarle respeto a su distinguido huésped y le prepararon una comida, pero Rav Shmuel no aceptó su ofrecimiento.
“Estoy cansado de mi viaje”, les dijo. “Lo único que quiero es irme a descansar sin que nadie me moleste. Así que, por favor, llévenme a mi habitación”.
La pareja se apresuró a mostrarle cuál era su habitación y Rav Shmuel fingió irse a dormir.
Al cabo de unas pocas horas, cuando ya casi era medianoche –y se acercaba la hora de ir a la sinagoga a rezar Selijot, la pareja golpeó con suavidad la puerta de la habitación donde su distinguido visitante seguía “durmiendo”. Dado que no se oía ningún ruido dentro de la habitación, el marido golpeó más fuerte.
“¡No me molesten!”, dijo de mal modo Rav Shmuel. “¿No les dije que quería dormir?”.
“Pero ya es casi la hora de ir a la sinagoga”, dijo la mujer tímidamente. “Seguramente usted no querrá dormir durante Selijot?”.
“¿Selijot? ¿Qué son Selijot?”, volvió a responder de mal modo Rav Shmuel. “Yo les dije que quiero dormir. No me vuelvan a molestar con sus tonterías”.
La pareja quedó atónita ante las palabras de su visitante.
“¿Qué clase de talmid jajam es usted?”, le dijo la mujer inquisitivamente, olvidando sus modales suaves anteriores. “Hasta el judío más simple del pueblo puede decirle lo que son Selijot. Usted tiene que sentir vergüenza por su ignorancia”.
Rav Shmuel abrió la puerta de su dormitorio y se paró frente a la asombrada pareja.
“Ah, ¿de veras?”, les dijo, “entonces quizás ustedes me puedan decir de qué se trata todo este asunto de las Selijot”.
“A mi me encantaría”, dijo indignado el hombre. “Selijot son las tefilot que le decimos a Hashem porque queremos tener un buen año. Nosotros Le pedimos que haga que nuestras vacas den mucha leche y que nos asegure que nuestras gallinas pondrán un montón de huevos para que podamos tener mucho dinero”.
“¿Qué?”, gritó también Rav Shmuel tan alto que el marido y la esposa temblaron de miedo. “Ustedes quieren decir que la gente mayor se levante a medianoche para pedirle a Ribonó Shel Olam leche y huevos? Yo nunca en mi vida escuché a nadie decir algo tan ridículo”.
La pareja de pronto se dio cuenta de que su distinguido visitante estaba en lo cierto. Seguramente debía haber en Selijot y en Iamim Noraim algo más que pedirle a Hashem que les otorgue bienes materiales.
Esa noche de Selijot la rica pareja prestó atención, realmente, a las palabras de sus tefilot, y al hacerlo se dieron cuenta de que ellos tenían que pedir perdón por muchas cosas. Ellos volvieron a su casa con el corazón acongojado y humildemente le pidieron a su visitante que les enseñe cómo convertirse en verdaderos siervos de Hashem. Rav Shmuel, por supuesto, se sintió más que feliz en mostrarles el camino.

Lo simple es a veces lo mejor

Rav Shalom de Probisht casi no podía contener su excitación. El había ido a Chernobyl a pasar Rosh Hashaná con su suegro, Rav Najum de Chernobyl, y ahora estaba esperando ansiosamente a que comenzara el increíble día.
Rav Shalom no estaba solo cuando se sentó en la sinagoga y esperó a que llegara la hora de la última minjá del año viejo.
La sinagoga estaba repleta de jasidim del Rav Najum, que estaban preparándose interiormente para las tefilot que estaban por comenzar. Hasta el aire parecía temblar anticipadamente hasta que Rav Najum ingresó y se hizo un silencio en todo el recinto.
Rav Najum de Chernobyl rezó esa Minjá con más fervor que nunca y en unos pocos minutos la kehilá se sintió como trasportada a unas alturas espirituales especialmente elevadas. Sin embargo, había una persona que permaneció obstinadamente clavado en la tierra: Rav Shalom.
Por más que se había esforzado por sentirse inspirado por la cargada atmósfera de la sinagoga y conectarse con el fervoroso éxtasis del Rebe –o, incluso, alcanzar al menos su acostumbrado alto nivel de avodat Hashem-, nada había funcionado. Con cada minuto que pasaba, él se sentía como que cada vez iba cayendo más y más en un verdadero pantano.
“¿Qué me está pasando?”, se preguntaba en silencio. “¿Y por qué justo ahora?”.
El lanzó un suspiro mientras volvía a centrar su atención en su Majzor. El se dio cuenta de que no había nada que hacer excepto simplemente decir las palabras de la tefilá, como un judío común, y concentrarse sólo en el sentido llano de las palabras.
Después de Minjá Rav Najum le agradeció calurosamente a su yerno.
“Tú no tienes idea del impacto que tu tefilá hizo en Shamayim”, le dijo el Rebe al sorprendido Rav Shalom. “Gracias a la simple elocuencia de tus palabras, miles de almas errantes han sido elevadas!”.

Ondas de sonido espiritual

Rav Mordejai de Lechovitch tenía un jasid de nombre Rav Meir Mirer que siempre viajaba a Lechovitch para estar con él en Rosh Hashaná. Un año, sin embargo, el jasid tuvo que viajar a Leipzig por un negocio y con preocupación veía que los días de Elul iban pasando y que todavía le faltaba mucho tiempo completar su trabajo.
Como no había modo de que dejara sus transacciones sin completar, se resignó a pasar Iamim Noraim en Leipzig. La primera mañana de Rosh Hashaná se dirigió a una de las sinagogas locales y abrió su Majzor. Sus ojos obedientemente se deslizaban por las páginas y sus labios murmuraban las palabras, pero su corazón sentía como que estaba hecho de piedra. Nunca en su vida se había sentido tan poco inspirado en Rosh Hashaná y se preguntaba cómo era posible que no pudiera salir de esa depresión espiritual que parecía envolverlo.
Justo en el momento en que estaba empezando a desesperar, de repente escuchó un sonido que lo despabiló. Era la voz de su Rebe, Rav Mordejai, quien conducía a su kehilá en Lechovitch.
“Hamelej!”, gritó Rav Mordejai con una voz que podía atravesar hasta los corazones más endurecidos. “Oh, Rey que se sienta sobre un trono elevado y sublime!”
Rav Meir echó una mirada a la sinagoga de Leipzig y todo se había transformado; incluido él mismo. Su mente se sentía fresca y atenta y sus labios saboreaban cada una de las preciosas palabras, que le producían una profunda impresión a su ansioso corazón. Para su sorpresa, durante los Iamim Noraim se sintió como si estuviera de vuelta en Lechovitch con su Rebe y rezando con su habitual fervor.
Luego de Sucot, Rav Meir finalmente pudo viajar a Lechovitch para presentar sus respetos a su Rebe. El estaba ansioso por contarle a Rav Mordejai lo que le había pasado durante ese Rosh Hashaná en Leipzig, pero su Rebe lo detuvo antes de que pudiera decir una sola palabra.
“¿Y qué tiene de particular lo que te sucedió en Leipzig?”, le preguntó Rav Mordejai a su perplejo jasid con una sonrisa. “¿No leemos acaso en Meguilat Ester venishmá pisgom Hamelej, ‘el decreto del Rey será oido’?”.
Viendo que Rav Meir seguía sin entender lo que quería decir, Rav Mordejai continuó con su explicación.
“Debes saber, Rav Meir, que cuando un judío dice ‘Hamelej’ , se puede oir en cualquier lugar, incluso en Leipzig”.

Teshuvá paso a paso

Rav Mordejai de Chernobyl sacudió su cabeza con tristeza mientras miraba al kvitl que se encontraba delante suyo. Aunque el Rebe había recibido a miles de judíos a lo largo de años, y visto diferentes clases de pedidos, este no era un kvitl habitual. El hombre que estaba sentado frente suyo había pasado la mayor parte de su vida haciendo innumerables trasgresiones –todas las cuales estaban anotadas en un gran pedazo de papel – y ahora había vuelto a Chernobyl con un sincero deseo de arrepentimiento.
“Yo voy a hacer todo lo que usted me diga, Rebe”, le rogó el hombre. “Sólo dígame por favor cómo puedo limpiar mi neshamá de todas esas terribles trasgresiones que he cometido”.
“Lo siento, pero no soy la persona apropiada para hacerlo”, respondió con suavidad Rav Mordejai. “Yo ya soy un hombre anciano y ya no tengo la fuerza de hacer regresar a un hombre como usted al buen camino”.
“Pero Rebe, ¿qué debo hacer?”, dijo llorando el hombre.
“Yo te aconsejo que vayas a Ruzhin y pedirle consejo a Rav Yisroel”, respondió Rav Mordejai. “El es un hombre joven y tendrá la fuerza necesaria para ayudarlo”.
El hombre hizo lo que le dijeron y en poco tiempo presentaba el mismo kvitl a Rav Yisroel. El Ruzhiner Rebe aceptó tomar la tarea y le dio al hombre instrucciones simples y directas.
“En primer lugar, no debes nunca decir una brajá ni una tefilá de corazón –ni siquiera la más sencilla”, le aconsejó el Rebe al penitente. “Tú debes leer todo de un Sidur y tener cuidado en prestar atención a cada palabra que leas.
“Segundo”, continuó diciendo el Rebe, “cada vez que yo conduzca un tish tú debes mirarme todo el tiempo y no distraerte por ninguna otra cosa en la sala”.
El hombre agradecido dio su palabra de que sinceramente trataría de seguir las instrucciones del Rebe –y así lo hizo.
Luego de algunos años el hombre no sólo consiguió hacer teshuvá sino que también tuvo éxito en alcanzar grandes alturas espirituales.
Cuando el hijo del Ruzhiner Rebe, Rab David Moshé de Chortkov hablaba con sus propios jasidim del éxito de su acercamiento a la teshuvá, él decía: “No se sorprendan por el hecho de que mi padre le diera a ese hombre instrucciones aparentemente tan simples. La cuestión es que esas instrucciones eran pasos iniciales para seguir el camino de la teshuvá que el hombre podía realizar con mucha fe. Y una vez que pudiera centrar completamente su atención sobre cuestiones espirituales, se le aclaró cuáles eran los pasos siguientes que él tenía que tomar”.

Incluso en Erev Iom Kipur

Era Erev Iom Kipur, y se hacía tarde. En casa del Boyaner Rebe, Rav Mordejai Shlomo Friedman, sus jasidim iban y venían por todas las habitaciones con un casi incontrolado frenesí mientras se aseguraban de que todo estuviera preparado para el ansiado día.
Solo en una de las habitaciones de la casa reinaba un sentido de paz y de calma –era la habitación donde estaba el Boyaner Rebe conversando con un judío simple que se había acercado a presentarle sus respetos al Rebe.
Los minutos seguían pasando y los jasidim no podían entender porqué el Rebe estaba perdiendo tanto de su precioso tiempo en una conversación aislada con semejante persona. El judío simple, por su parte, seguía disfrutando de la calidez de la amable mirada del Rebe que lo alentaba a proseguir trayendo un insignificante tema tras otro para seguir hablando.
El Boyaner Rebe escuchaba atentamente todo lo que el hombre tenía que decir y no hacía mucho por mandarle una indirecta acerca de que él tenía cosas mucho más importantes que hacer en ese momento. Finalmente el hombre decidió que ya era momento de irse, y luego de hacerlo, los jasidim no podían contener su curiosidad respecto a la extraña conducta del Rebe.
“¿Por qué pasó usted tanto tiempo con semejante simplón?”, le preguntaron los jasidim. “¿Por qué no le explicó simplemente con firmeza que Erev Iom Kipur no es el momento de tener conversaciones aisladas y le pidió que se retirara?”.
“En las Igueret HaRambam, está escrito que una persona debe hablarle agradablemente a cualquiera en cualquier momento”, respondió el Boyaner Rebe. “La frase ‘en cualquier momento’ también incluye erev Iom Kipur, ¿no es cierto?”.

 

La tribuna Judía 54

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