La Voz Judía


La Voz Judía
El llamado de nuestro Padre
Una parábola del Rabino Shalom Schwadron zt”l

El famoso Maguid de Jerusalem, Rabino Shalom Schwadron, hizo los siguientes relatos que contienen poderosos ejemplos acerca de Iamim Noraim.
En Shir Hashirim (El Cantar de los Cantares), un pasaje muy conmovedor cuenta: “Ani Yesheiná”, “yo estaba dormido, pero mi corazón estaba despierto. ¡He aquí que mi Amado golpeaba a la puerta!”.
Estas palabras pueden aludir a los Días de Arrepentimiento en los que cada judío debería sentir esos golpeteos en su corazón tratando de despertarlo, urgiéndolo a que abra la puerta y deje pasar a su Padre.

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Jaim, el único hijo de Iankel, se había casado en una ciudad lejana y allí se estableció, a muchas semanas de viaje desde su hogar natal, cruzando el vasto océano.
Los años fueron pasando y la familia de Jaim fue creciendo al igual que su deseo de reencontrarse con su padre. De tiempo en tiempo padre e hijo intercambiaban correspondencia, estando sus cartas llenas de afecto y de nostalgia. Iankel le rogaba a su hijo: “Ven junto con tu familia a visitarme. Yo les pagaré todos los gastos del viaje”.
Siguieron pasando los años y la visita no se concretaba. Cada vez que Jaim intentaba hacer ese viaje pasaba algo distinto: o bien un hijo estaba enfermo, o estaba muy ocupado con sus negocios, etc.
Finalmente, cuando el mayor de los hijos de Jaim estaba cercano a su Bar Mitzvá, Iankel se dio cuenta de que él tenía que hacer ese viaje para visitar a su hijo. El ya no era tan joven y ¡quién sabe si iba a tener otra oportunidad de conocer a sus nietos!.
En la siguiente carta que le envió a su hijo, Iankel le contó las excitantes noticias: él iría en persona a visitar a sus hermosos nietos, a quienes nunca antes había visto. También le contó en qué barco viajaría y la fecha aproximada de su arribo (lo cual era sólo una forma elegante de decirlo, dado que en esos tiempos viajar tomaba muchas semanas y la fecha de llegada era practicamente impredecible).
Jaim compartió las noticias con sus hijos, quienes se pusieron muy ansiosos por conocer al Zaide del cual habían escuchado hablar tanto, y además, tal vez recibirían algunos regalos. Ellos no dejaron de hablar de su llegada durante uno o dos días, y después, rápidamente, se olvidaron de todo el asunto. Después de todo, eran muy chicos todavía, y estaban más ocupados con sus juegos infantiles que en pensar en ese Zaide al cual nunca en la vida habían visto. Incluso Jaim, absorto en sus preocupaciones por ganarse la parnasá, dejó de darle trascendencia al tema de la inminente visita de su padre.
Por su parte, Iankel estaba muy emocionado, y no dejaba de pensar en la conmovedora reunión que iba a tener con su amada familia, del otro lado del océano. Con las manos llenas de regalos, subió al barco imaginando los rostros de sus queridos nietos que lo esperarían en el puerto.
La travesía fue larga y agotadora, no obstante lo cual el anciano padre logró superarla. Después de todo, ¿qué eran unas pocas semanas de mareos comparados con la euforia de abrazar a sus preciados nietos y de pasar un tiempo junto a su hijo y a su nuera?
El barco se sacudió y atravesó tormentas y grandes olas, pero el entusiasmo del padre aumentaba día tras día. Todo lo que él pensaba durante los largos, interminables días arriba del barco, era cómo iba a ser esa reunión que lo esperaba al final del viaje.
Finalmente, un día, mientras estaba parado en la cubierta del barco, el padre divisó las tenues líneas que se dibujaban a lo lejos: estaban llegando a tierra. Su corazón rebozaba de alegría a medida que la costa se iba acercando cada vez más, y de pronto imaginó unas figuras humanas que lo esperaban en el puerto. ¿Serían su hijo y sus nietos quienes lo estaban aguardando allí? Las lágrimas le nublaban la vista cada vez más a medida que el barco se aproximaba a la costa haciendo sonar la sirena.
Finalmente, hacia el final de la tarde, el barco encalló, y se les permitió descender a los exhaustos pasajeros.
Con pasos cansados, el ansioso padre hizo el camino por la planchada hasta poner sus pies en tierra. Después de tantas semanas en el mar tenía que volver a habituarse a caminar en tierra firme, y el trastabilló algunas veces llegando casi a caerse mientras buscaba a su hijo con ansiedad.
¿Dónde estaba Jaim, su adorado hijo, a quien no había visto en tanto tiempo? Ansiosamente buscó entre la gente que aguardaba allí, pero no reconoció ningún rostro familiar.
¿Por qué no había venido su hijo al puerto a recibirlo? Quizás no sabía que el barco llegaba hoy, pensaba Iankel buscando algún motivo, pero ¿no podía haber averiguado? El resto de los pasajeros se había encontrado con los familiares que los estaban esperando; sólo él no tenía a nadie que lo llevara hasta la casa de su hijo.
Apretando con fuerza el papel con la dirección de su hijo entre las manos, buscó un coche con caballos que lo pudiera llevar, pero ninguno estaba disponible. Finalmente, luego de esperar más de una hora en medio de un frio terrible, un conductor se compadeció y aceptó llevarlo hasta la casa de Jaim por una abultada suma de dinero.
Durante dos horas estuvieron viajando, atravesando caminos. Pese a estar absolutamente exhausto, Iankel estaba eufórico: por fin después de tantos años vería a su hijo nuevamente. El estaba seguro de que le habían preparado una enorme fiesta en su honor, y que lo recibirían con mucha alegría.
El anciano se quedó dormido y se despertó cuando habían llegado a la palaciega casa de Jaim. Iankel no esperaba encontrarse con un lugar tan elegante, y se alegró de que a su hijo le estuviera yendo tan bien. Ya era muy tarde en la noche, casi medianoche, cuando Iankel le pagó al chofer que lo llevó, pidiéndole que lo esperaba un momentito, sólo hasta asegurarse que no se había equivocado de dirección.
Ansioso y eufórico golpeó a la puerta, imaginando la enorme alegría que su visita produciría. El golpeó y golpeó unas cuantas veces, mientras el viento soplaba sacudiendo su sobretodo, pero la casa seguía estando a oscuras y en silencio.
¿Sería la casa de otra persona? ¿Tal vez me habrán ido a esperar al puerto? ¡No, por supuesto que no! Pero entonces, ¿dónde podrían estar?
Su ansiedad aumentaba a medida que volvía a golpear la puerta. El cochero, apiadándose de él, también empezó a golpear la puerta, y pronto sus golpes surtieron el efecto esperado.
Una luz se encendió en el piso superior, y se oyó una voz ronca que gritaba: “¿qué está pasando aquí? ¿quién está haciendo semejante barullo?”
Iankel esperó con impaciencia hasta que su hijo Jaim, en ropa de dormir y medio dormido, entreabrió una ventana.
“¿Ud, que desea a estas horas de la noche?”, le susurró, no reconociendo a su propio padre.
“Jaim, ¡soy yo!”, gritó el exhausto anciano. “Tu amado padre, que vino de tan lejos para verte”.
“¿Papá?”, respondió semidormido Jaim. “Lo siento, Papá, es muy tarde y yo estoy medio dormido. Me cuesta mucho levantarme de la cama y bajar a abrir la puerta. ¿Tal vez podrías volver a tu hotel a pasar la noche y nos encontramos mañana por la mañana?” Y la puerta se cerró con un golpe.
El anciano se quedó petrificado, sin dar crédito a lo habían escuchado sus oidos. El cochero sintió lástima. “Ese hijo desagradecido no merece tener un padre como tú”, gruñó. “Ven a pasar la noche a mi casa, yo te llevaré”.
Iankel pasó la noche en casa del cochero, con el corazón herido por la recepción que había tenido de parte de su hijo. A la mañana siguiente el cochero lo volvió a llevar al puerto junto con los regalos sin abrir. Sucedió que justamente había un barco que zarpaba esa misma tarde, y Iankel fue uno de sus pasajeros.
En todo su viaje de regreso a casa él se lamentó por la insensibilidad que le había demostrado su hijo, y supo con certeza que nunca más tendría la oportunidad de conocer a sus nietos. Después de todo, si Jaim no había tenido la decencia de, al menos, abrirle la puerta –que era todo lo que él hubiera querido- entonces él había dejado de ser su hijo.
Iankel podía haber perdonado que Jaim no lo hubiera esperado en el puerto, o que no hubiera enviado para él un transporte. Pero dejar a su padre del otro lado de la puerta, era una traición imperdonable.
Por la mañana, los hijos de Jaim se enteraron de la visita nocturna de su abuelo, y esperaron pacientemente a que volviera. Jaim se sintió terriblemente culpable por su conducta de la noche anterior, y quería rectificar su mal comportamiento. El se pasó el día visitando los hoteles de la zona, pero no había señal de su anciano padre. Era como si se hubiera esfumado en el aire.
Fue solo después de algunas semanas que Jaim recibió una dura carta de su triste padre quien le había escrito: “Tú ya no eres más mi hijo. Yo ya te he quitado a ti y a tus hijos de mis anhelos dado que tu proceder me ha probado que no tienes lugar para mí en tu corazón”.

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¡Qué historia tan triste y dolorosa, especialmente cuando la aplicamos a nosostros mismos! Porque, como resulta obvio, nosotros somos los hijos apáticos, y nuestro Padre viene a visitarnos durante estos Días de Arrepentimiento.
Nuestro Padre nos ruega, “Por favor, ¡espérame en el puerto! Hace tanto tiempo que no te veo…No puedo esperar hasta una próxima reunión”. Pero muchos de nosotros estamos demasiado ocupados durante el mes de Elul como para ir al puerto, y ni siquiera nos hacemos el tiempo para preparar una apropiada kabalat panim, una reunión.
Pero entonces, cuando llegan los Aseret Iemei Teshuvá, los Diez Días de Arrepentimiento, nuestro Padre está listo para golpear en nuestra puerta pidiéndonos que la abramos para dejar que El ingrese.
¿Cómo podemos quedarnos en nuestras cómodas camas, diciéndole a nuestro Padre que vuelva en otro momento? ¿Por qué no nos despertamos al amanecer, rezando y rogando tener otro año más de vida?
Estamos viviendo el Jevlei Mashiaj, un díficil tiempo para klal Israel. Hay incontables jóvenes, hermosos niños enfermos y débiles internados en hospitales. Demasiados padres de familia que no pueden reunir los medios para mantenerlas. Cientos de niñas no tan jóvenes esperando desesperadamente por sus shidujim. Nosotros necesitamos de la ayuda y el sostén de nuestro Padre como nunca antes.
¿Cómo podemos ignorar a nuestro Padre cuando El viene personalmente a visitarnos durante estos Días Sagrados? ¿Osaríamos acaso, ¡ jalila!, perder esa relación entrañable que tan desesperadamente precisamos?

 

La tribuna Judia 15

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