La Voz Judía


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Después de la Shoá: Honrar la memoria de los mártires

Haim Grade es un escritor en idish muy conocido. Durante su juventud él frecuentaba la ieshivá de Novardok, en Europa central, pero terminó por abandonar la práctica religiosa no sin antes haber tenido la oportunidad de que un rabino de Vilna estudiara con él durante un cierto período de tiempo, con el fin de intentar atraerlo hacia el camino adecuado, sin conseguirlo, de todas formas. Más tarde él describirá a ese rabino en un libro titulado La Aguná(1). Ese rabino será conocido más tarde a través del nombre que aparecerá en una de sus obras, como el Jazón Ish.
Después de la Shoá, Haim Grade regresó a París y se encontró con un viejo amigo de los tiempos de Novardok, quien se había convertido en Rosh Ieshivá (2). Entre ellos se desarrolló una interesante discusión, y Grade, según su costumbre, reprodujo fielmente todo lo que entonces se dijo, pese a la rudeza de su interlocutor. El le puso a ese viejo amigo suyo el nombre de Hirsch Rasseiner, pero es probable que se trate simplemente del Rabino Guershon Liebmann ztz”l, quien llevaba la antorcha de Novardok en Francia al dia siguiente de la Shoá.
Comó honrar la memoria de los mártires de la Shoá, es la pregunta que se plantea dicha personalidad, y da una respuesta interesante.
Ese texto ha aparecido recientemente en una traducción al Hebreo, editado por Merkaz Shazar, como parte de una colección de obras tituladas “Las Ieshivot de Lituania, textos conmemorativos”, traducidos por Shlomo Tsuker.
...Ustedes gritan desde todos los techos: los pueblos del mundo nos odian, porque nosotros somos diferentes a los demás. Pero no: somos iguales a ellos. Más aún, ustedes se han convertido en los líderes de su cultura. En cualquier sector de la ciencia, la investigación o la literatura, se podrán encontrar judíos. ¡Esa es la razón esencial por la cual su odio contra nosotros aumenta! Ellos no quieren, de ninguna manera, que nosotros seamos como ellos. En la Edad Media, sus sacerdotes querían hacernos cambiar de religión a fin de reforzar su poder. Los reyes y princesas estaban furiosos por el hecho de que nosotros, los más serviciales, rechazáramos con energía ceder ante ellos. Ellos se sentían plenos de satisfacción frente al dolor que nuestra comunidad sentía ante la huída de cualquier judío de su judaísmo, cuando su familia estaba de duelo y toda la comunidad tenía la sensación de estar en un Tishá Beav (3). Pero en nuestros dias, constatamos cuán fácil es para un judío hacerse un lugar, plantándose delante de sus límites con un hacha en la mano, a fin de resguardarse de las bestias feroces.
Incluso el desastre no ha llegado a hacerles ver la realidad. Yo he escuchado con mis propios oidos, de un judío de Polonia, del mismo origen que tú, decir que pensaba que después de la guerra, la paz y la fraternidad reinarían entre los judíos y los antisemitas. Quienes piensen así de la bondad fundamental de los goyim, admitan el siguiente principio: los antisemitas de Polonia y de Lituania no habían tenido la intención de matar a todos los judíos, a los ancianos, a las mujeres y a los niños. Ellos sólo querían que nos fuéramos: “¡Judíos a Palestina! ¡Judíos a Madagascar!” –gritaban. Pero piensen que en la actualidad, luego de darse cuenta a qué extremos podía haber conducido su odio - al exterminio de todos los judíos- ellos por cierto, desean enmendarse sinceramente. Y la razón más fuerte es que ellos mismos debieron pasar por padecimientos a causa de los alemanes.
Pero hay un error: no es sólo que ellos no se volvieron mejores, sino que profundizaron aún más su crueldad. ¡Miren lo que hicieron los polacos, los señores de antaño, los ladrones de ayer y los comerciantes de hoy, al apropiarse de los comercios y las viviendas judías, de sus bienes y su fortuna! Si llegara a reaparecer alguien que antes fue su vecino, ellos estarían dispuestos a masacrarlo por miedo a que pida que se les restituyan los bienes y la casa de sus padres. No olvidemos el pogrom de Kelz (que llevaron a cabo los polacos cuando encontraron a los judíos que habían podido escapar de los campos de concentración, después de la Shoá), y las masacres masivas que perpetraron. A los alemanes les perdonaron que destruyeran sus ciudades, y las masacres de las que fueron objeto. Pero lo que les reprochan por encima de todo, es que no hayan acabado con todos los judíos. Y por eso mismo, ellos no tienen remordimientos por no haber podido comprender, en absoluto, cómo es que sin que existiera ni un juez ni cuentas que saldar, los judíos podían ser asesinados en plena plaza pública...
Cuando yo fui arrojado al suelo, en el campo, y los alemanes me pateaban con sus botas con punta de hierro, si un ángel hubiera venido y me hubiera susurrado al oido: “Hirsch, yo podría hacer que en un instante tú seas el alemán, yo te daría sus hábitos, tú tendrías su cara sanguinaria, y tú serías él. Una palabra de tu parte y el milagro se realizaría. El será arrojado en el lodo, y tú, tú serías el que lo maltratara, con su cara roja, que sería la tuya”. En síntesis, si un ángel me hubiera propuesto esto – ¿escuchas, Haim?- yo no lo hubiera aceptado de ninguna manera. Ni por un momento yo hubiera aceptado convertirme en ese alemán, mi torturador. Yo deseo que actúe la justicia. ¿Qué mejor venganza contra el criminal? Pero esto yo lo quiero al modo judío. Las botas en mi espalda puedo soportarlas, con la ayuda de D-s, pero si tuviera que soportar sobre mi cara su máscara, sus faces de criminal, yo me sentiría completamente asfixiado, como por la acción del gas. Cuando los alemanes me gritaban: “Ustedes son esclavos de esclavos”, yo, con mis labios muertos, me decía: “Tú (D’), Tú nos has elegido”.
Yo quisiera hacerte ahora una pregunta, una sola. Aquello que pasó es conocido por todos los judíos. Y toda la casa de Israel llorará por el incendio que ha provocado D’; todos los judíos lloran la desaparición de un tercio de nuestro pueblo que partió por la santificación del Divino Nombre. Pero una persona sensible sabe que no es sólo una tercera parte del pueblo de Israel la que desapareció, sino que es un tercio de su carne, de sus cuerpos, de sus miembros y de sus almas. Nos falta realmente algo, y debemos tomarlo en cuenta, tanto tú como yo. Una persona que vive sin tomar conciencia es un perverso, carente de sentimientos, que vive como una bestia en la selva. Bien, tomemos conciencia de lo siguiente: ¿acaso podríamos nosotros, de acuerdo con la estricta ley, o por el camino de la piedad, perdonar a los asesinos? ¡No! Eso nos está prohibido. Hasta el fin de las generaciones está excluido de nosotros el excusarlos. Si un asesino saca a una víctima de su tumba al cabo de cien años, y le dice a ese santo lo siguiente: “Tu sangre inocente me ahoga y yo no puedo morir. Perdóname. Cien años pasaron, y tú, de todas maneras, ya estás muerto...” El santo en cuestión no tendría el derecho de perdonar al criminal; de ningún modo podría convencerse a sí mismo, o a su descendencia, de que no ha esperado el dia de hacerlo desaparecer. Si él acepta perdonarlo, los demás santos no lo dejarían volver al paraíso, ni siquiera a los infiernos, puesto que perdonar a un asesino es un nuevo crimen, y esta vez tendría que enfrentarse, como hermano, a sus hermanos.

Pero, como es sabido, nuestros verdugos no han demostrado la menor intención de pedir perdón. Entre los jueces provenientes de los paises vencedores en la guerra, hubo algunos que se sintieron molestos por haber ahorcado a nuestros verdugos. Y las naciones de corazón tierno, siempre encuentran una nueva razón para odiarnos. Es culpa nuestra si ellos mataron a los alemanes. Por causa de nosotros, nosotros, los crueles. Y ellos mismos, la gente de la Gestapo, y sus aliados de todos los orígenes, se pasean libremente, con una eterna sonrisa en sus labios. Ellos están seguros de que nunca más serán llevados delante de un tribunal.

Pero nosotros dos, nosotros, no tenemos el derecho de hacer la vista gorda. Nosotros no tenemos derecho de torcer la mirada de los brazos que las víctimas nos tienden, aún cuando pudiéramos sentirnos destrozados por la experiencia y por el miedo. Lo que sucede es que yo se que las cuentas están muy lejos aún de ser saldadas. Y yo nunca pensé que, salvo D-s, Quien es el único que puede ejecutar una venganza, exista alguien en el mundo capaz de vengar la sangre de esos retoños que los hombres de la Gestapo arrojaron a los vagones de los trenes en dirección a Treblinka; y apoyaban sus botas sobre esos jóvenes cuerpos a fin de que pudiera entrar un número aún mayor en los vagones... ¡En consecuencia, yo no tengo ninguna duda de que el temible gran dia se aproxima! Cuando escucho a la gente hablando de política, y evaluando los informes de las fuerzas mancomunadas entre las naciones... Yo se que hay otro balance, hecho en base a sangre y fuego. Entiendo que es inútil que me hagan decir lo que quiero y lo que no quiero – todo es como debe ser. (Y no fue por una cuestión de fuerzas que las cosas pasaron como pasaron -la gente piensa, sin duda, que al dia siguiente de la guerra la venganza tendría rápidamente lugar- sino porque D-s, en el momento en que lo decida, se encargará de vengar la sangre de sus Servidores, esto es lo que dijeron los profetas). Esto me anima y me permite continuar de manera tranquila con mi servicio Divino.
Pero tú, Haim, ¿cómo puedes tú comer, dormir, divertirte y vestirte con ropas lujosas? ¿No deberías tú hacer el balance de tu propio mundo? ¿Cómo puedes tú volver a situarte en un mundo que sabes que es amigo de los verdugos de tu prójimo? ¡Tú piensas, entonces, que el mundo va a mejorar! ¡Este mundo ha naufragado! ¿Has aprendido algo de esto, o no? Tú deberías hacerme la misma pregunta, ¿qué has sacado tú de todo esto? Y yo te respondería: yo me he vuelto más creyente aún. De haber permanecido en el mismo nivel de creencia que antes, yo habría deshonrado a los santos que están muertos. Y mi respuesta es: hace falta tener aún más devoción hacia el Creador del mundo. Creer exactamente hasta el desfallecimiento de nuestras fuerzas (Tehilim /Salmos 44,23): “¡Pero por Ti nosotros sufrimos todos los días la muerte!” ; continuar justo hasta nuestra muerte, con el corazón partido, y las manos elevadas hacia el Cielo: “¡Padre que estás en los Cielos, sólo Tú eres lo que nos queda!”
Pero tú, ¿has avanzado o has retrocedido? ¿Qué es lo que ha cambiado en ti? ¿Dónde está la respuesta?

(1) Mujer abandonada por su esposo
(2) Director de la Ieshivá
(3) Día de duelo

 

Nro 377 Elul 5765 - Septiembre de 2005

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