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Apuntes sobre la prosa hebrea contemporánea. I. Introducción
Por Moshé Korin
A propósito de la reciente exitosa visita del escritor israelí David Grossman a la Argentina, con motivo de la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires, parece adecuado inspeccionar el mundo de la literatura hebrea contemporánea, y apreciar los cambios que se operaron en ella durante las últimas décadas. Un estudio de este tipo merecería un libro de discretas proporciones. Ello es imposible en este marco, y por lo tanto estos “apuntes” se centrarán sólo en algunos aspectos y en pocos y determinados escritores, sin perjuicio de la gran valía de otros que no serán tratados en estas notas.

Los que se asomaban a la literatura hebrea hace apenas una décadas, constataba sin esfuerzo la notable disparidad existente entre la calidad y la cantidad de una poesía rica, novedosa y audaz, y una prosa conservadora, realista en cuanto los argumentos que trataba, pero alejada de la realidad en cuanto al idioma que empleaba. Israel era un raro país en el cual se vendían y leían más libros de poesía que de prosa, y los héroes culturales conocidos y admirados por la sociedad eran poetas.

Sería arduo y quizás imposible mencionar todos los factores que llevaron a esa situación. Uno de ellos, sin duda, es el del idioma: la carencia de un hebreo coloquial durante tantos siglos, hacía que las situaciones de la narrativa carecieran de veracidad al momento de llegar a un diálogo. Esto no sucedía con la poesía, cuyo idioma de más alto nivel, “literario”, se adaptaba a la perfección al idioma clásico, bíblico, pletórico de asociaciones que facilitaban y enriquecían la escritura. Otro factor a tener en cuenta es la tradición literaria: mientras que la prosa había sufrido una interrupción de siglos y se utilizaba sólo en la literatura rabínica, la poesía presentaba una continuidad que muchas veces excedía las fronteras de lo estrictamente religioso.

También la temática tuvo cierta responsabilidad en las diferencias de calidad, aunque justo es reconocer que ello afectó por igual a prosa y poesía pero se hizo sentir mucho más en la primera. Siendo que quienes escribían literatura en hebreo respondían también a una determinada ideología, ya que eran sionistas de uno u otro signo, la mayor parte de la obra está vinculada a ella. Esto se hizo más pronunciado en los años que precedieron a la independencia y en los inmediatamente posteriores. La prosa más que la poesía se dedicó a la literatura épica de la época heroica. El “yo” fue desapareciendo, reemplazado por el “nosotros”, salvo pocas excepciones.

Entre las excepciones cabe mencionar a S. Yizhar (seudónimo literario de Yizhar Smilansky, Israel 1916-2006) con una literatura de introspección que ponía en duda la conducta moral en situaciones límite, de esas que abundan en las guerras; a Pinjas Sadé (Israel, 1929-1994) el primero en emplear un idioma llano, sencillo, casi coloquial, y reivindicar al yo, y sólo al yo, con una literatura de carácter religioso en su búsqueda de significado; a Aharón Megged, (Polonia 1920, llegó a Israel en 1926), con alguna temática a veces original y diferenciada del resto y un toque de humor cercano a la sátira; a Yoram Kaniuk, de los primeros nacidos en Israel (1930), que apreció en su justa medida las dimensiones de la “Shoá” y la incorporó a su literatura desde una óptica totalmente diferente.


La crisis, esa tierra fecunda

La mejor literatura hebrea en prosa provenía de la generación anterior a la de los “sabras” (los nacidos en Israel) y era, siempre en su idioma y muchas veces en su contenido, una literatura “judía” más que israelí. El ejemplo más destacado de esto lo proporciona Shmuel Yosef Agnón, ( Galitzia, Polonia 1888-Israel 1970), recibió el Premio Nobel en el año 1966, cuyo lenguaje siempre remite a las fuentes judías despertando asociaciones, incluso cuando la temática es de tinte local en Tierra de Israel con sus pioneros de vida laica, como en la novela “Ayer anteayer” (“Tmol shilshóm”) y con más razón en los innumerables relatos que tienen lugar en algún lugar de la diáspora judía.

Fue la generación posterior a la de la independencia, la de aquellos que nacieron junto con el Estado o poco antes, la que logró un equilibrio idiomático y temático que, alejándose de la épica heroica por un lado, y con un lenguaje rico, variado pero por sobre todo “genuino”, le hizo lugar a las dudas, a los temores, a los dilemas y de ahí emergió una literatura viva, cuyos cuestionamientos tocaron las fibras más profundas de la condición humana y está conquistando al mundo en los últimos veinte años.

Es un axioma universalmente aceptado que las grandes literaturas florecen en sociedades en crisis, con dilemas existenciales, que se debaten en dudas y carecen de certezas. La ficción libera en esos casos a los dos extremos de la obra de arte, que en este caso son el escritor y el lector. La convicción, por el contrario, es monista, es feliz a su manera, no tiene dudas y no engendra sino artes menores. Si esto es verdad, Israel es un caldo de cultivo ideal para que florezcan las artes si hay gente de talento y eso no escasea.

Enseguida después de la “generación convencida”, la previa a la creación del Estado y la de sus primeros años, surgió una nueva y diferente generación de escritores, que eran niños cuando se creó el Estado y a mediados de la década del sesenta comenzaron a publicar cuentos y después novelas con un pie en la gesta heroica y otro en los miedos, en la duda, en el yo. Eran ficciones de apariencia realista pero que soportaban varias y variadas lecturas que las dimensionaban al nivel de símbolo sin sacrificar al personaje que continuaba siendo parte de la realidad.


Del realismo al simbolismo

He aquí dos ejemplos, de dos de los más claros representantes de esa generación de escritores, Amós Oz y A. B. Yehoshúa. Este último relata en su cuento “Frente a los bosques” la historia de un estudiante de la universidad que acepta el trabajo de cuidador de un bosque por espacio de unos meses, durante los cuales planea concluir su trabajo de tesis. Allí conoce a otro cuidador que habita en el lugar, árabe, con una hija. El árabe es mudo de manera que no hay un diálogo fluido y su presencia lo intimida. A las preguntas acerca de su identidad le siguen los interrogantes acerca del lugar, el bosque, desde cuándo existe, qué había antes si es que había otra cosa. Finalmente es él mismo quien le prende fuego, el cuidador del bosque del KKL es quien lo incendia. La lectura simbolista es casi inmediata, pero los personajes, las situaciones y toda la trama no dejan de ser realistas a lo largo de todo el cuento.

En 1967 publicó Amós Oz su tercer libro, segunda novela, “Mijael shelí “(español: Mi querido Mijael), que lo catapultó como el escritor del futuro, como veremos en la nota siguiente a la presente. Allí, en lo que pertenece a la parte delirante, subconsciente, onírica y como emergente de una sexualidad reprimida, aparecen dos mellizos árabes, quizás producto de la imaginación de la protagonista, quizás borrados recuerdos de la infancia. Son apariciones fugaces, inexplicables, sin duda ominosas y al mismo tiempo de un atractivo casi lascivo, con elementos de juego y de amenaza a un mismo tiempo. Es imposible evitar la lectura simbólica, aunque el personaje en cuestión, Jana Gonén, es tan real y vívido en su locura sutil, que Oz fue sorprendido por la enorme cantidad de mujeres que se sintieron plenamente identificadas con las experiencias internas y descripciones de sentimientos de la heroína.

Esta generación de escritores – a quienes habría que agregar a otros, singularmente a Yehoshúa Kenaz, (Isarel, 1937) menos traducido y menos involucrado como persona en manifestaciones públicas, pero no menos calificado y poderoso – cultivó una prosa que podría denominarse “relevante”, en cuanto comprometida con la realidad inmediata de la sociedad de la cual emerge y a la cual va dirigida. Ella estará en el centro de estos apuntes, a través de algunos de sus mejores exponentes.

Pero sería incompleto e injusto dejar de mencionar que tras ellos hay una nueva generación de escritores que han buscado y encontrado nuevos rumbos en las letras israelíes. Algunos, como es notable en el caso de Eshkol Nevó (Israel 1971), han continuado con otros elementos esa misma tradición de involucramiento en la sociedad y la actualidad con una trama imaginaria que soporta diversas lecturas. Otros se han desligado del vínculo ya no sólo a una característica local, sino incluso a la enorme carga que sobre la lengua hebrea recae por tradición milenaria. Escritores como por ejemplo Etgar Keret( Israel, 1967) u Orly Kastel Bloom (Israel, 1960), suelen presentar creaciones que podrían tener lugar tanto en Tel Aviv como en cualquier otra ciudad del mundo. Ello no hace que dejen de ser representantes de la sociedad de la cual provienen y para la cual escriben, sólo que de otra manera.




Nota: En el próximo número pondremos las partes subsiguientes.


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